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La siniestra sintonía

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Una siniestra sintonía permite que la muerte violenta viaje de Tallambí al Urabá, del Catatumbo al Putumayo y de Mesetas al Chocó. Un día un líder, o dos; un firmante de paz; tres balas no perdidas, intencionales, alguien tiró del gatillo y alguien pagó por el disparo. Freddy, se llamaba el exguerrillero asesinado el sábado en el municipio El Progreso, en la Uribe, Meta. Los 32 años de vida le alcanzaron para ir a la guerra, estar preso, matricularse con el proceso de reincorporación y morir. ¿Quién ha pagado cada centímetro de muerte, encontrado en los cuerpos de los 217 exguerrilleros, firmantes de la paz, asesinados desde el 2016?

Quizá por la misma siniestra sintonía, otra bodeguita ataca a la JEP, columna vertebral de los acuerdos de paz. Sin justicia transicional, no hay forma de pasar la página. Por eso la JEP es peligrosa para algunos: el día que se acabe la violencia, se acaban también el discurso del odio y la fuerza del miedo; se vendría al suelo el poder detrás del que no ha podido -o no ha querido- decir ¡no más!

En simultánea nacional, uno de los máximos voltearepas del país lanza acusaciones por Twitter buscando quebrantar con mentiras la confianza en la Comisión de la Verdad. Bombardear con calumnias a quienes saben que sin verdad no hay reconciliación, es la jugadita más cobarde para abortar la paz. Es apuntarle a los cimientos, para que no se pueda levantar la construcción.

La semana pasada, el nuncio reprocha al monseñor que se atreve a decir que la muerte violenta no es normal, ni aislada ni casual. Monseñor Monsalve, arzobispo de Cali, ha defendido desde el primer día la implementación del Acuerdo y trabaja sin parpadear por la reconciliación de los colombianos. Acúsome Padre por pensar que una iglesia consecuente debería escandalizarse con la violencia y no con la denuncia.

Esta siniestra sintonía articula las diferentes obsesiones por desestabilizar instancias, situaciones y personas que no estén dispuestas a seguir el libreto de la guerra.

Hay que tener muy enferma la noción de país y la consigna de poder para permitir o crear un decálogo social y político, en el que la muerte violenta de las personas no merezca ni 30 de los 3.600 segundos diarios que durante más de 100 emisiones les ha dedicado la nación a los autoelogios del gobierno.

Hay gente alérgica al frío y al polen, a las abejas y a la penicilina. Pero creo que somos el único país del mundo regido por alérgicos a la paz.

Con algunas delirantes excepciones, muchas medidas tomadas contra la pandemia han sido lógicas y sirvieron para diferir -durante los primeros meses- el ritmo letal.

No es tan difícil comprender que el exterminio causado por el plomo-20 sería mucho más evitable que el causado por el COVID-19. Al primero lo ordena y ejecuta un ser humano (muy poco humano), capaz de tomar decisiones. Al segundo lo causa un bicho sin voluntad, ni cerebro ni conciencia.

El mundo entero busca cura y vacuna contra el virus. Mientras tanto, a media cuadra de la plaza de Bolívar, quienes tienen la obligación de frenar al agresor hecho en Colombia, deben mirar a los ojos (no a las cámaras) del país, y ponerle fin al desangre.

Punto aparte… bueno, no tan aparte. Hoy es 14 de julio, aniversario de la fiesta de la revolución, el fin de la monarquía. Liberté, égalité, fraternité. Un abrazo a Francia, el país donde por primera vez vi la luz de la libertad y me enamoré de ella para siempre.

gloria.arias2404@gmail.com

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