La soberbia: alta consejera presidencial

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Hace tres días llegó la minga indígena a Bogotá, proveniente del suroccidente del país, con la intención de dialogar cara a cara con Iván Duque, a quien los indígenas aún reconocen como el presidente de todos los colombianos, a pesar de las fehacientes muestras de desinterés y desprecio que ha exhibido desde el día siguiente a aquel en que los visitó por última vez, en plena campaña electoral.

Digo lo que digo pues son reveladoras las fotos de campaña en las que un simpático “gallo tapa’o” de apellido Duque, desconocido por demás, mejor identificado como “el que dijo Uribe”, se mostraba especialmente adorado con todo el mundo. En campaña besó a los indígenas, los abrazó, los cargó, bailó con ellos y hoy no quiere ni conversarles. Ingrato, dirían las señoras. Manda simples segundones, pues cuando uno lo que quiere es hablar con el presidente, de poco o nada sirven los ministros.

“Quiero ser el presidente de todas las comunidades indígenas de Colombia. Quiero trabajar con ellos, por ellos y para ellos”, les dijo y trinó Duque el 3 de junio de 2018, tres semanas antes de ser elegido. Pero las cosas han cambiado para la minga indígena. El Duque candidato que les prometió en campaña esta vida y la otra, tristemente, solo les ha cumplido con aquella parte de “la otra vida”, como lo muestra la larga lista de líderes sociales indígenas asesinados por grupos al margen de la ley.

Ahora ni siquiera se sienta a hablar con ellos. Ese Duque conversador y bonachón que nos vendieron a los colombianos —incluyendo a los más colombianos de todos, que son los indígenas— no es capaz de recibirlos ni, peor aún, de ir a buscarlos en algún punto de su travesía. Como no son fantoches artistas, poderosos empresarios ni fanáticos uribistas, para Duque los indígenas son insignificantes y despreciables. No ameritan ni una conversadita presidencial, cara a cara.

Duque se ha metido en camisa de once varas. Cometió un error derivado del hecho de que la soberbia se le ha convertido en “alta consejera presidencial”. En vez de ir a donde la minga indígena lo esperaba, decidió someterla a un larguísimo viaje hasta Bogotá para seguir sin escucharla, como ya lo aseguraron algunos funcionarios suyos a quienes se les llena la boca diciendo que “el presidente no recibirá a la minga”.

Duque es un presidente inexperto y muy mal asesorado. Charlatán y con dotes de presentador de televisión, pero no es un estadista. No conoce al pueblo indígena y eso le va a salir mal. Los desafió y los puso a caminar por medio país ignorando que, si les toca caminar el otro medio país, ellos no cargan afán ni molestia. Vienen repletos de peticiones, pero también sublimes por la fuerza que han cogido en su largo periplo gracias a los espontáneos aplausos de miles de personas que han salido a las calles a respaldarlos y animarlos. Hoy la minga indígena es carismática, el presidente no.

Duque no sabe que los más pacientes de todos son los indígenas. Sus costumbres, su forma de ver la vida, su capacidad de aguantar, de medir el tiempo y de ver el día y la noche los hacen diferentes y seguramente mejores.

Los tendrá en Bogotá y ellos no se irán hasta conseguir lo que vinieron a buscar. Cada metro recorrido hasta la capital—que hubieran podido ahorrarse— será un kilómetro de peticiones. Necesitan obtener varias conquistas para regresar a sus territorios. No pueden regresar con las manos vacías.

Duque no conoce la paciencia indígena. Ellos esperarán lo que sea hasta que se digne recibirlos. Para él es un juego poder, pero para los indígenas es un tema de vida. Las mañas de Duque perderán ante la paciencia de los indígenas, su arma incontestable.

La soberbia como “alta consejera presidencial” genera resistencia en quien es ignorado y vilipendiado. Se equivoca el Gobierno al graduar de delincuentes a los integrantes de la minga. Esa táctica uribista de estigmatizar a todo aquel que protesta, marcha, camina y disiente está ya más que trillada.

Bienvenida la minga indígena a Bogotá: capital de todos.

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