Por: Augusto Trujillo Muñoz

La sociedad civil

La dicotomía entre bueno y malo, amigo y enemigo, izquierda y derecha, es producto de los ideologismos. No era así antes, ni tiene sentido revivirlo ahora, porque resulta artificial. Aquello que, en el pasado, los ideologismos vieron como blanco y negro, la sociedad actual lo expresa a través de una amplia gama de grises. El mundo ya no está dividido en dos. Hoy está conformado por muchas tendencias, múltiples visiones y diversos intereses correspondientes a la policromía cultural de los tiempos que corren.

Las movilizaciones que se han producido todos estos días son una manifestación democrática de la sociedad civil. Es temerario hablar de conspiraciones porque eso enrarece un ambiente por cuya transparencia debemos trabajar. Quienes lo hacen muestran el mismo odio que le endosan a su respectiva contraparte. Eso es irresponsable con el país porque revive la ecuación amigo-enemigo, cuando lo que se requiere es un diálogo amplio para avanzar hacia un principio de acuerdo.

Las elecciones del 27 de octubre pasado rectificaron el rumbo polarizador de los comicios presidenciales de 2018. Hicieron evidente el propósito nacional de superar los ánimos de confrontación. Por eso, también es irresponsable cualquier actitud que, en cualquier estamento y en cualquier forma, sugiera o pretenda regresar a pendencia política. Tan condenable es el vandalismo físico que hubo después de la marcha del 21 de noviembre, como el vandalismo moral que sigue presente en las redes sociales, llamando a la violencia contra los que considera adversarios.

Según lo puso de presente El Espectador, el día 21 unos ciudadanos marcharon contra las reformas laboral, tributaria y pensional, otros en defensa de los pueblos indígenas, otros más por los reclamos de la comunidad LGBT o contra la minería en los páramos. Incluso muchos lo hicieron por una sola palabra que, como dice Manuel Castells, subyace en todos los reclamos sociales que ha visto el presente siglo en todos los lugares del planeta: dignidad.

Fue ese el factor que dio lugar a los cacerolazos. El ciudadano promedio descree de la efectividad de su gobierno porque el costo de su vida crece mucho más rápido que sus ingresos. Colombia es uno de los países más desiguales del mundo. Probablemente es la democracia más estable de América del Sur, en el sentido en que registra la más larga historia de elecciones periódicas. Sin embargo, no tiene instituciones inclusivas. Por el contrario, venimos fomentando una suerte de cultura de la exclusión que resquebraja los principios éticos y pervierte los valores sociales.

América del Sur vive una ola de inconformidad que nada tiene que ver con la impostura de dividir la sociedad entre buenos y malos. Hay cansancio ciudadano con unas democracias que desatienden la seguridad cotidiana, la equidad social, el consenso político. Tiene razón el presidente Duque: es urgente conversar y, además, es preciso hacer concesiones mutuas. El diálogo tendrá que ser con el país político, pero también con el país nacional. Como escribió Humberto de la Calle, las marchas no son de ningún dirigente, de ningún sector político, de ningún estamento social. Son de la sociedad civil en su conjunto. Eso, desde una perspectiva democrática, es evidente. Por lo tanto, resulta imprescindible avanzar hacia un consenso que recoja un acuerdo de mínimos.

@Inefable1

* Exsenador, profesor universitario.

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