Por: María Elvira Bonilla

La sociedad de la decepción

CONFIESO QUE LOS JÓVENES DE HOY me sorprenden. Me generan incógnitas. Sus silencios desesperantes, su apatía y desidia, una abulia en contravía a la vitalidad idealista que suele caracterizar los 20 años.

El suyo, el de los muchachos, es un entusiasmo efímero movido por briznas pasajeras de ilusión o de modas, por íconos que emergen y se disuelven, que como la Ola Verde se inflan y desinflan con igual intensidad. La emoción desplaza la reflexión. Sin explicación evidente. Su gregarismo es casi que epidérmico, sin profundidad ni compromiso, encuentros de esquina, de “parche” como lo llaman, de contacto veloz a través de Facebook, o microfrases en Twitter. Aparecen y desaparecen, nómadas en sus afectos e intereses, exploran pero no se enganchan. La música es el único idioma que conecta con pasión. De ahí la dificultad para robar su atención en el aula de clase, en el escenario laboral, en el terreno de la política o de cualquier propósito colectivo. Indudable, eso sí, su fuerza creativa cuando encuentra espacio para que aflore desbocada. Hedonistas, navegan o se pierden en una sociedad que no los contiene y por el contrario los lanza a un individualismo solitario susceptible de naufragios y frustraciones.

Entender y explicar las lógicas que orquestan los cambios de esta sociedad, ha sido la obsesión del filósofo francés Gilles Lipovetsky, quien estuvo en la pasada Feria del Libro en Bogotá. Producto de los aires anarquistas y libertarios de Mayo 68, lleva décadas intentando entender el ritmo de nuestros tiempos, la dinámica del mundo posmoderno. Ése en el que se superpone la simultaneidad sobre la priorización, la individualidad sobre la construcción social, que estimula el consumo por encima de cualquier valor, que no genera seguridad ni proyecta sentido de futuro; que no despierta ilusiones ni provoca sueños y anestesia con su consumismo desbocado e inevitable.

El primer esfuerzo por identificar la hipermodernidad, la cultura de masas, el consumo, el individualismo, la moda, el lujo, la cultura como mercancía lo hizo Lipovetsky hace más de 25 años con un primer libro que se publicó en español como La era del vacío. Siguieron El imperio de lo efímero, El lujo eterno, La felicidad paradójica en la que convive el entretenimiento, el disfrute material y el goce con la intensificación de la dificultad y el malestar cotidiano y ahora La sociedad de la decepción.

Lipovetsky no es apocalíptico pero sí demoledor en su crítica. Identifica la desdicha, el vacío y el desencanto que superan las aparentes satisfacciones acentuadas por la cultura mediática. Y en Colombia no es distinto. El silencio de los ministros de Educación, Cultura y Comunicaciones, salientes y entrantes, frente a las urgencias de esta población que supera los 10 millones de personas es abrumador. No hay espacio para una reflexión, más allá de las propuestas pragmáticas y simplistas de generación de cupos escolares e universitarios, ampliación de la cobertura de banda ancha, entretenimiento masivo o generación de empleo, cuando estamos frente a la realidad de un vacío que invade y perfora el alma en ésta, la sociedad de la decepción, que urge salidas de fondo.

 

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