Por: Andrés Hoyos

La soledad del cantor

Silvio Rodríguez es un gran guitarrista, tiene una voz tenor muy apropiada para su estilo lírico y está dotado de una notable facilidad de palabra que le permitió escribir muchas canciones populares en el mundo hispánico, sobre todo en las tres últimas décadas del siglo pasado.

Su música pertenecía a lo que alguna vez se llamó la Nueva Trova Cubana, un movimiento pop que hizo explosión cuando la revolución optó por silenciar al son tradicional, culpable según algunos burócratas cortos de entendederas de complicidad con la corrupción reinante en los tiempos de Batista. Silvio cometió, no obstante, un error garrafal: fue servil ante el poder y la ideología, incluso se dejó utilizar como arma de propaganda. Ahora se está quedando solo.

Georges Brassens, un trovador mucho más potente que Rodríguez, decía en una canción famosa que está bien morir por las ideas, pero de muerte lenta. Al viejo anarquista francés se le antojaba penoso sacrificarse por nociones que a poco de enterrado uno son declaradas obsoletas y porque los “picos de oro que preconizan el martirio” —dígase el octogenario Fidel Castro— “suelen tardarse aquí abajo”. Nuestro cantor, sin embargo, no estaba para advertencias y le apostó todas las fichas a una religión laica, cuyo dios es un hombre barbado, hablador incontinente, de gran cigarro en la boca y mirada arrogante, que evidentemente no tiene que pensar mucho lo que dice, pues casi siempre repite lo mismo.

Rodríguez se convirtió así en el más caracterizado y obstinadamente obsecuente de los miembros de la Trova. A su lado, durante años, ofició Pablo Milanés, más tibio y ambiguo a la hora celebrar la revolución, nunca obsesionado con el Che, con Playa Girón o con Vietnam. Milanés no se ató la soga al cuello con canciones como “Fusil contra fusil” o “El necio”, donde se usan intrincados juegos de palabras para jurar fidelidad revolucionaria hasta la muerte.

El desenlace era hasta cierto punto previsible: dado que los artistas sólo ejercen una muy tenue influencia sobre el poder, en particular sobre la voluntad de un dictador, no tiene nada de raro que, si se entregan a él, su fracaso les caiga encima como una avalancha de piedras. Por el camino, el aceite de ricino se fue poniendo espeso. En 2003 el régimen puso a sus intelectuales a firmar una carta infame en la que apoyaban el arresto de 75 disidentes y el fusilamiento de tres secuestradores. Rodríguez firmó, Milanés no. El régimen siguió cometiendo error tras error, y vino el inevitable sálvese quien pueda. Este penoso viaje hacia la disidencia, hay que decirlo, resulta en extremo difícil si alguien quiere permanecer en la isla, pues se necesita tener los hígados de hierro de una Yoani Sánchez para no dejarse amedrentar.

Pasó lo que tenía que pasar, y por estos días los dos viejos amigos de la Trova se trenzaron en tremendo tiroteo verbal. Silvio dijo que Milanés se vendió a Miami y que le fastidia la forma “desamorada” que tiene su antiguo amigo de criticar a la revolución, lo que por carambola reivindica su forma “amorada” de elogiarla a lo largo de los años. Presumir, entre otras, que la forma y no el fondo de una crítica sea lo importante constituye un gran desatino, digno de una persona que ha perdido la facultad de pensar derecho. En respuesta, Milanés simplemente echó a su viejo amigo a la basura: “No lo perdono”, dijo.

A la saga, claro, le faltan nuevos capítulos, ¿incluyendo la futura disidencia de Silvio Rodríguez?

[email protected] @andrewholes

 

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