Por: Cristo García Tapia

La soledad sangrante de las víctimas

Más allá de si el victimario es el Estado, los paramilitares, las bacrim, el narcotráfico o la insurgencia que propició el fin del conflicto armado, hay un actor principal sobre el cual de manera permanente y cada vez con mayor intensidad e impacto pesan los horrores, la barbarie, la degradación humana y social de nuestra guerra de todos los días: las víctimas.

Esas legiones de compatriotas irredentos que van y vienen por la geografía nacional del despojo, el desplazamiento, la persecución sin tregua, la humillación y la indignidad, en permanente y sucesivo proceso de degradación humana y social; de inmoral y vejatorio sometimiento al victimario.

Víctimas contra su voluntad y derechos que, cual Sísifo en las cumbres del mercado global, ven derrumbarse todos los días la esperanza del resarcimiento debido y prometido como derecho básico y deber moral de una reparación que, en su materialidad, es la prueba irrefutable del daño irreparable causado.

Un daño que, en su dimensión humana, emocional y moral, no es reparable, pero sí susceptible de ser redimido en los ámbitos básicos de la reparación material del perjuicio causado en las condiciones de vida de quienes han sido sujetos de la victimización por causas ajenas a su voluntad, condición social, política, económica, cultural, religiosa, de género, etc.

Que es cuanto ha ocurrido a quienes hoy arrastran la indigna y vergonzante condición de víctimas por causa de un conflicto armado y sus derivados, el social el de mayor impacto, del cual no han sido promotores ni han participado como no haya sido para recibir y padecer sus funestas consecuencias.

Las secuelas catastróficas de una guerra que, más allá de los muertos y lisiados que deja toda confrontación armada entre sus contendientes, tiene su más pavorosa y cruenta rapiña en la sociedad civil de nuestros campos y ciudades.

En colombianos en los que la irracionalidad del conflicto no repara como no sea para perpetrar sin tregua en ellos el despojo, el secuestro, el desplazamiento, la persecución política, la exclusión y las violencias del miedo y el terror, y el exterminio como fin último de sus formas más execrables.

En millones de compatriotas, ocho aproximadamente, de todas las geografías, clases, condiciones sociales, raciales y étnicas, que hoy deambulan en soledad su condición de víctimas en un país que los trata como de categoría inferior; de excluidos e indignos de los derechos básicos constitucionalmente inherentes y debidos a su condición de nacionales.

Ese dar por descontado que nuestras víctimas iban por fin a ser las protagonistas en tiempo real de las políticas transversales de los planes de desarrollo, nacional, departamentales y municipales, de la Política Pública de Víctimas y de Restitución de Tierras, generadas por el Acuerdo de Paz, apenas si es hoy otro espejismo desdibujado en el cielo oscuro de la solitaria soledad y frustraciones de nuestras martirizadas víctimas.

Si el fin del conflicto armado, generador por más de medio siglo de esta diáspora, fue el destello de un fugaz reposo de las armas que lo avivaron, el destino de nuestras víctimas sí que es tenebrosa realidad sangrándoles a diario la vida en su doliente errancia de violencias y despojos.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

 

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