Por: Juan Carlos Ortiz

La sombra blanca

Para los que nos gustan los animales y para los que no, existe una campaña de publicidad inglesa para adoptar perros que plasma con gran inteligencia y maestría la importancia de un perro en la vida de una persona, o más bien, la importancia de una persona en la vida de un perro.

Vemos a un hombre en su cuarto que se viste de mujer para salir a trabajar sexualmente en la calle. Al lado suyo está su perro moviéndole la cola con felicidad y lealtad incondicional.

Vemos a un hombre en estado máximo de pobreza y olvido humano y al lado suyo está su perro moviéndole su cola con alegría incondicional.

Vemos a una mujer enferma de sida en su cama y al lado suyo su perro moviéndole también la cola.

El comportamiento del perro es inversamente proporcional al comportamiento humano. Ellos no tienen contexto social. No se mueven por intereses económicos, políticos o sociales, no señalan con el dedo, no se mueren de la envidia. No les importa. No les importa si usted es pobre o rico, si usted está enfermo o saludable, si usted es heterosexual u homosexual, si usted es poderoso o débil, si usted es famoso o desconocido, si usted es lindo o feo, si usted está triste o feliz. No les importa. Igualmente lo van a querer. Les importa simplemente usted, como esté y como sea, de manera incondicional. Así termina el comercial  inglés: Lo más increíble de los perros es que “They really don’t care”. Adopte uno.

Tanto tenemos que aprender los humanos de ellos. Tuve un labrador blanco durante doce años de mi vida  que me acompañó en mi periplo publicitario por el mundo. Se convirtió en mi sombra, pero blanca. Siempre a mi lado como gran amigo y gran maestro: Fausto. Después de doce años ha muerto, pero sus enseñanzas están vivas para siempre.

Aprendí como nunca de perros, pero sobre todo aprendí como nunca de humanos.

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