Por: Hugo Chaparro Valderrama

A la sombra de la locura

Shock Corridor (Fuller, 1963) es el registro enfermizo de Estados Unidos y de sus malestares raciales y políticos vistos desde un manicomio.

Marat/Sade (Brook, 1967), la descripción del poder y su corrupción durante el montaje que el Marqués de Sade intenta de una obra teatral, interpretada por actores en el clímax de su locura. Atrapado sin salida (Forman, 1975), el viaje hacia el abismo de un cuerdo que se hace el loco y termina todavía peor cuando sucumbe a la tiranía traducida en terapias de electroshocks y desprecio ante la condición de los pacientes.

El hombre de arena (González-Berbel, 2007), la prolongación del género y su intento por descubrir en el horror de la experiencia humana hecha dictadura institucional durante los años 60 en España, una posibilidad de salvación antes de que sea demasiado tarde.

En su primera película, José Manuel González-Berbel se concentra en las miserias y virtudes de los marginados por estorbo, enfermedad o desgracia. La base de su escritura fue una ley por la que se condenaba en España a mendigos, vagos, homosexuales y hampones, encerrándolos en manicomios.

Acaso para despejarle el paisaje a los ciudadanos que sufrían de neurosis social, un grupo de condenados se encuentra en el Hospital Siquiátrico de Extremadura. Como Jack Nicholson en el film de Forman, que llega a reorganizar el mundo de los “enfermos”, Mateo (Hugo Silva) ingresa a la institución en clave de héroe romántico y se convierte en el símbolo de la justicia para sus compañeros de reclusión.

El carácter fronterizo de Extremadura con Portugal agrega otro personaje dotado con el encanto de las novelas de viajes: el conductor de un camión que nutre de provisiones al hospital y promete ayudarles en su intento de fuga a Mateo y a Lola, su enamorada.

El guión avanza y organiza la relación de los personajes entre el choque y la armonía; danzando en la cuerda floja de distintas emociones, controladas por el director que alterna situaciones sórdidas, momentos de un leve lirismo y breves milagros permitidos por la amistad carcelaria.

Mateo es evocado por dos mujeres que descifran al inicio de la película el misterio de su pasado, inmóvil en una fotografía. La galería la completan: el doctor que dirige la clínica como Franco gobernó a España; la doctora que lo reta y logra vencerlo, relegando al pasado el rastro de su dictadura; el enfermero inevitablemente brutal; un francés que gira de manera espasmódica la cabeza, como un boxeador noqueado que continúa de pie; Lola como una muchacha que carga con el secreto de su tragedia y de sus pesadillas.

Lección de estilo: narrar en una ópera prima una historia sencilla, sin pretender cambios drásticos en la tradición cinematográfica o en la civilización audiovisual de Occidente; aprovechando la dimensión que sugiere cada personaje y el contraste que se establece entre ellos para moldear el conflicto, desarrollarlo y concluir el relato con la mala fortuna que define un drama.

Apostar por el futuro de José Manuel González-Berbel no es del todo incierto. El presente certifica su porvenir con otras películas que acaso respalden la sencillez de una trama al margen de los experimentos narrativos y visuales. El hombre de arena se interesa simplemente por el factor humano y por sus variaciones, a la sombra de la locura y del dominio impuesto por los cuerdos ¿habrá alguno? sobre los dementes casi todos.

 

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