Por: Columnista invitado

¿A la sombra de Timothy McVeigh o de Al Qaeda?

Boston. Aproximadamente las tres de la tarde. La maratón más antigua del mundo reúne a aficionados al deporte, turistas y vecinos de la ciudad. Y, de repente, dos explosiones interrumpen la jornada. Nada más ocurre. O eso parece para el resto del mundo que ve, por medio de CNN y demás canales, las mismas imágenes de la explosión. Una y otra vez. Sin contexto. El tiempo se congela.

La Policía confirma que ha habido otra explosión en la Biblioteca John F. Kennedy. Se empieza a hablar de una persona sospechosa. No se quiere decir más, no se quiere aludir a su aspecto. El New York Post habla de alguien de procedencia saudí. Calma. Puede ser sólo un rumor originado en el desconcierto.

Las autoridades empiezan sus investigaciones. Los protocolos de actuación parecen activarse con fluidez —es la sombra del 11-S—. Las autoridades locales atienden a las víctimas. Las autoridades federales, por medio del FBI, se encargan de la investigación y recolección de pruebas.

La simultaneidad de las explosiones parece apuntar a un atentado terrorista. Máxima concentración de personas en la zona y varias explosiones aparentemente coordinadas. ¿Intento de maximizar el daño, aun con explosivos de baja potencia? Evento con gran presencia de periodistas —aunque con los teléfonos celulares su presencia no es necesaria para que algo quede grabado desde cientos de puntos de vista distintos; efecto Rashomon—, lo que garantiza la difusión de las imágenes. La opinión pública mundial lo verá. De momento, nadie reclama la autoría de la acción. ¿Será terrorismo?

Obama aparece ante los medios con un mensaje claro. La investigación será exhaustiva y los responsables serán castigados. Lo que, en lenguaje del premio Nobel de la Paz, suena mucho a una condena; de muerte. Condena aplicada por inyección letal en una prisión en EE.UU. o por acción de drones en algún remoto lugar del mundo. Da igual. Obama, en esto, ha sido implacable —tanto como eficiente—.

La diferencia sobre esa forma de ejecución —y no es un tema menor— dependerá de si el proceso sigue la vía penal o si se aplica la lógica de la guerra global contra el terrorismo —ya nadie la llama así, pero no ha desaparecido, ¿o sí?—. ¿Qué determinará que se siga un camino u otro? Que, si se confirma que se trata de una acción terrorista, se trate de terrorismo doméstico, al modo de Timothy McVeigh, culpable de la muerte de ciento sesenta y ocho personas en Oklahoma City, o que sea una red de terrorismo internacional al estilo de Al Qaeda —y sus franquicias—.

Pero todavía no se sabe más. Las investigaciones del FBI aún no han arrojado claridad sobre qué pasó .

Vuelvo a los hechos. A los más importantes, porque el balance no ha terminado. Hay tres muertos y, aproximadamente 140 heridos, varios de ellos de gravedad. Quizá debí empezar por ahí. Porque todo relato sobre el terrorismo debe empezar con las víctimas. Pero claro, de momento, nadie ha confirmado que sea un ataque terrorista. Aunque lo parece.

 

*Miguel M. Benito  /Profesor de la U. Externado.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Refugio: una lotería para pocos en Colombia

Turismo sostenible, alternativa para el Amazonas

El antropoceno en Colombia