Por: Eduardo Sarmiento

La sombra del FMI

En 2008 el déficit fiscal del Gobierno fue cercano a cero y para 2009 podría superar los $9 billones.

Hace dos meses Colombia acudió al Fondo Monetario Internacional para tener acceso a un crédito de emergencia por US$10.000 millones dentro de la línea que no significa ninguna condicionalidad.

Como lo señalé en su momento, la prerrogativa es un formalismo de papel, porque ningún organismo entrega recursos sin establecer condiciones que garanticen su evolución.

En efecto, desde la fecha de aprobación de la operación se observa una injerencia cada vez mayor del organismo de la vida nacional. Hace dos meses planteó interrogantes sobre las cifras fiscales, en los últimos días tomó parte en el debate de la recesión y ahora aparece como el promotor de la reforma tributaria.

Las llamadas de atención del FMI sirvieron de aliciente para que el Ministerio de Hacienda creara una gran alarma por la aparición de un hueco de $9 billones, que es perfectamente normal en un momento de recesión, y llevó al Gobierno a anunciar una reforma tributaria. Mal podría decirse que el déficit fiscal es el resultado de un cambio en la estructura tributaria.

En 2008 el déficit fiscal era cercano a cero y el aumento en 2009 se explica principalmente por la caída del producto.

La propuesta del Fondo Monetario revela que el organismo no ha aprendido de la experiencia. Sus programas de ajuste, basados en la contracción del gasto y la elevación de los impuestos, tenían una clara responsabilidad en las monumentales recesiones de Asia en 1997, de Colombia en 1999 y Argentina en 2002. Curiosamente, las recuperaciones de estas economías sólo vinieron a darse en los períodos 2003-2007, cuando el Fondo se desprestigió y los países lo abandonaron y aplicaron políticas fiscales ampliamente expansivas.

Lo más grave es que el Fondo se resiste a reconocer que la crisis mundial es resultado del incumplimiento de las teorías que sustentaron sus paradigmas centrales.

La principal causa de la debacle se encuentra en la conformación de un exceso de ahorro mundial ocasionado por el derrumbe del orden económico internacional, en el cual los excesivos ahorros de los países emergentes, en particular de los asiáticos, se trasladaban a los Estados Unidos para ser colocados en la especulación.

Así, la crisis adquirió inicialmente la forma de una desvalorización de activos y, luego, de una caída generalizada de las exportaciones que quebró los balances macroeconómicos a lo largo y ancho del planeta.

La verdad es que el motor de las exportaciones colapsó por la simple razón de que todos los países no pueden incrementar la producción por encima del ingreso.

Las posibilidades de expansión de las economías están en los mercados internos y uno de los medios más expeditos para lograrlo es la conformación de déficit fiscales financiados con emisión.

Por eso, la concepción de desarrollo del FMI basada en la austeridad fiscal y monetaria y en el motor de crecimiento de las exportaciones ha quedado fuera de uso. De hecho, aparece como un escollo que impide superar la recesión y conduce a un estancamiento con bajas tasas de crecimiento y elevado desempleo.

No faltan quiénes justifiquen la reforma tributaria como la manera de lograr una estructura más equitativa y justa, como si se tratara de un fruto silvestre. La regresividad del sistema actual es el resultado de múltiples reformas basadas en el criterio de eficiencia y orientadas a elevar los recaudos mediante gravámenes de trabajo y a los bienes de primera necesidad.

La única forma de avanzar hacia una estructura progresiva es mediante el establecimiento del impuesto al patrimonio, el desmonte de las exenciones a los sectores de altos ingresos y a la elevación del IVA a los bienes suntuarios. Si bien estas propuestas son aceptadas de dientes para afuera, su adopción se tropieza con las doctrinas del FMI y con los acuerdos de competitividad suscritos entre el Gobierno y el gran capital para no aumentarle los impuestos.

En las condiciones actuales de recesión mundial y nacional la prioridad de la política fiscal no puede ser distinta de la de elevar el gasto y financiarlo con emisión o títulos TES.

La prescripción no sólo serviría para sacar la economía del hueco, sino que contribuiría a incrementar los recaudos tributarios y reducir el déficit fiscal en cuantías mucho mayores que las trilladas reformas tributarias de colchas de retazos.

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