La sombra del magnicidio

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La FARC reconoció el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado y de varias personalidades con perfiles inverosímiles para sus intereses en la guerra, y el país, desde todos los sectores, estalló en shock. El crimen de Álvaro Gómez siempre estuvo en la hipótesis conspiracionista entre la cultura popular y los análisis judiciales que, en el desespero por cumplir con positivos efectistas ante la presión nacional y el espectáculo del horror, llevaron a la captura de una decena de sospechosos vinculados al Ejército y a las fuerzas del Estado. Uno a uno fueron liberados años después cuando las pruebas resultaron endebles y escasas ante la severidad de las acusaciones. El muerto insepulto, heredero de la aureola feroz y oscura de su padre y de la polvareda del odio, seguía allí, en el centro del misterio, rodeado de todas las hipótesis y las versiones que acusaban a la mano negra histórica y enigmática que había perpetrado también, desde otros ángulos de la conveniencia, el magnicidio de Gaitán sin que hasta hoy sepamos aún los nombres que dieron la orden.

Julián Gallo confesó finalmente la autoría del asesinato en el proceso de contribución a la verdad, y el argumento para el crimen trasciende todos los límites de la comprensión de la guerra: “afianzar las contradicciones”, una estrategia para enturbiar la atmósfera del momento y dinamitar las estructuras del establecimiento. Lo que resulta inverosímil y extraño es que no lo hayan reconocido en el tiempo en que buscaban justamente el estatus beligerante que los elevaría a la categoría de un enemigo poderoso capaz de eliminar a los protagonistas más visibles de la política nacional.

Ante los argumentos y las revelaciones de Gallo, la autoría de la subversión resulta verosímil entre las lógicas profundas del conflicto, y es natural que la reacción desde todos los flancos sea escéptica. Las épocas convulsas del Cartel de Cali en la presidencia de Samper, los muertos repentinos de mediadores y participantes exóticos en la tronamenta del Proceso 8.000, y las máximas temerarias de Gómez Hurtado en entrevistas previas a su muerte resultaban claras para la hipótesis de un magnicida desde las sombras del poder interesado en las prevenciones de un posible golpe. Pero la guerra es más absurda, tiene límites y oscuridades insondables. Álvaro Gómez estuvo desde siempre en el punto del fósforo y fue el blanco de todos los bandos por omisión, por acción o por herencia. Es comprensible que haya sido objetivo militar de las Farc desde su fundación por el simbolismo de sus representaciones históricas, y es comprensible que lo haya sido también después de su teoría de “repúblicas independientes” que afianzaría los bombardeos posteriores y el recrudecimiento de la guerra. Lo que tendrán que explicar mucho mejor para despejar las últimas dudas es la posible vinculación con otros sectores de los intereses nacionales en el crimen; una posibilidad latente entre las aberraciones de un conflicto sin fin.

Iván Duque, como era de esperarse, se ha negado tajantemente a reconocer las confesiones de Farc ante la JEP, como se negaría también a sus omisiones al reconocimiento. El gobierno se impuso en el poder para negar la aparición de la verdad, por evidentes razones, y estará siempre disponible para desprestigiar cualquier intento de progreso en el resarcimiento de la historia. Esperamos todos ahora las confesiones de los bandos alternos, las órdenes de las masacres y los magnicidios que continúan en silencio, los nombres propios que siguen gozando de las virtudes de la invisibilidad.

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