Por: Pedro Viveros

La “sorpresa” uribista y la cAída de Merlano

En los últimos ocho días los colombianos seguimos a través de los medios y por las redes una especie de obra capitulada del teatro del absurdo. Por un lado, la fuga planificada y espectacular de una exparlamentaria y, por otra parte, la estrambótica presencia de una mujer, con señas de monja, quien alegaba representar lo más profundo del uribismo.  Esta modalidad teatral se caracteriza por tramas que parecen carecer de significado y cuestionan al ser humano y su entorno social. En ocasiones por medio del humor, el disparate y con falta de lógica, presenta una situación común y corriente o extraordinaria. Es la viva representación de un arte al que nos acostumbraron Samuel Beckett o Eugenio Ionesco, con la diferencia de que esas obras teatrales tenían un final. En el caso de nuestras artistas en escena, el hilo argumentativo parece inconcluso.

La nación colombiana tiene tan solo 200 años. En este corto lapso hemos sufrido guerras, atentados a la democracia, golpes de Estado, procesos de paz e infinidad de amenazas que como sociedad estamos resignados a afrontar. Un país no se forma de la noche a la mañana y menos bajo las condiciones evidentes de inequidad y falta de garantías para que, los que habitamos este paraje de la tierra, podamos realizarnos en democracia. En este crecimiento nacional y en esta ocasión fueron dos mujeres, de diferente condición, las que lastimaron nuestras instituciones en fondo y forma.

La exparlamentaria Aída Merlano se mofó de los guardias que la cuidaban, se saltó la justicia como institución porque ella estaba recluida y condenada por unos crímenes que también lesionaron nuestra menguada democracia y, lo peor según mi criterio, sometió a su familia al escarnio. Su joven hija posó como defensora irredenta de su fugada madre con un tono de niña jugando a ser mujer. Someterla a las burlas y confusas opiniones de los insaciables colombianos fue sin duda otra fractura de la exreclusa.

En cuanto a la supuesta monja Adriana Torres, demostró con sus alegatos políticos que la forma de su hábito dejaba mucho que desear del objetivo que busca la congregación Carmelitas Misioneras: cuidar a los enfermos y trabajar por la educación de la juventud.  Ni era novicia, ni era espontánea y mucho menos una ciudadana normal. Esta dignidad también la mancilló frente al Palacio de Justicia cuando gritó a todo pulmón “que viva el sagrado Álvaro Uribe”. ¿Acaso los cuestionamientos que estudia la corte al senador y expresidente Uribe son por hechos espirituales? También la señora Torres golpeó el verbo de Dios en la tierra y faltó gravemente al decálogo que en el octavo mandamiento dice: No darás falso testimonio ni mentirás.

El resultado de estas dos protagonistas del reality colombiano de la semana fueron múltiples “memes” y chistes en las redes y en las conversaciones. El filósofo John Rawls decía que “una sociedad ordenada es aquella que posee una idea común y pública de justicia”. ¿Será que las dos ciudadanas en cuestión tienen un concepto diferente de la ley? Esa idea de imponer nuestra libertad a la de los demás hace parte de lo párvulo que somos como nación.

La gran política se hace de manera organizada. Con partidos modernos y dinámicos, con representación para que sus causas tengan una forma eficiente de lograr el cometido de quienes los apoyan. No es sano que el día del inicio del primer juicio a un exmandatario de Colombia, la noticia sea una “hermana uribista” fingiendo un estatus y alegando “lo que es con Uribe es conmigo”. ¿Hoy no sabemos quién es ese “conmigo”? ¿Otro falso positivo? La trama de lo irracional de este episodio teatral pretende hacernos creer que la fuga de Aida fue una idea concebida por sus familiares y ella. No pensaron ni en su condición de mujeres ni en el valor de este género en la sociedad, hasta ahora la sal que no se corrompe.

@pedroviverost

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La “sorpresa” uribista y la cAída de Merlano

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