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hace 1 hora
Por: Julio César Londoño

La tal bodeguita no existe

La bodeguita de Uribe es una estrategia de información vía WhatsApp dirigida “a posicionar temas de interés del Gobierno”, pero su función secreta es más interesante: enfilar baterías contra medios y periodistas indóciles, especialmente contra Noticias Uno, W Radio, Camila Zuluaga, Catherine Juvinao, Yohir Akerman y Daniel Coronell. La táctica más usada es “incendiar las redes” propalando mensajes falsos que afecten la reputación de los indóciles.

El Centro Democrático dice que “la tal bodeguita no existe”. Que todas sus comunicaciones se rigen estrictamente por la ley, la moral y la ética, y que el grupo de WhatsApp en cuestión no tiene ninguna relación con el partido (no está registrado, diría el general Atehortúa).

Si la bodeguita fuera una iniciativa espontánea de ciudadanos afines al Gobierno o de uribistas encapuchados, estaríamos solo ante una práctica censurable. Un caso de policía, digamos. Lo grave es que la maniobra está dirigida por Víctor Manuel Muñoz, asesor de temas digitales del presidente de la República; Juan Pablo Bieri, exgerente de RTVC, y Claudia Bustamante, cónsul de Colombia en Orlando.

Muñoz salió del Gobierno por “unas declaraciones imprudentes” pero luego fue reenganchado. La cónsul dice que ella chatea lo que le dé la gana como ciudadana, no como cónsul. Bieri salió de la gerencia de RTVC cuando intentó censurar y sacar del aire a Los Puros Criollos, pero volvió por la puerta de atrás y ahora es asesor de comunicaciones de la Presidencia.

Del comando de choque de la bodeguita también hacen parte Stephanie Carrillo, jefe de prensa de Álvaro Uribe, y Hernán Darío Cadavid, asesor principal de la UTL del senador. Los mensajes de este grupo son compartidos por los pitbulls del partido: Cabal, Chagüi, Valencia, Macías, Mejía y Guerra, y una caja de resonancia de más de 80 “wasaperos” rasos. En suma, una vasta empresa de desprestigio aceitada con dineros oficiales.

Conocemos los hilos de esta fábrica de rumores gracias a las investigaciones de la Liga Contra el Silencio, una alianza de medios que combate la censura y trabaja con el apoyo de la Fundación para la Libertad de Prensa.

Creer en la inocencia y en la “ética estricta” del CD es difícil. Cómo olvidar sus destrezas en el campo del embuste profesional, su experiencia con las chuzadas, los efectos especiales del fantasma del “castrochavismo”, la orden para votar “antes de que los metan a la cárcel”, “la estrategia era que la gente saliera a votar berraca”, “hay compañeros que no cuidan las comunicaciones” o “les van a entregar el país a las Farc”.

Hostigar a la prensa es la obsesión de dictadores de mediopelo, como Ortega y Maduro. Difamar a los periodistas, o a cualquier ciudadano, es un delito contemplado en el Código Penal, y hacerlo con los recursos de los ciudadanos es una canallada que tendría consecuencias políticas graves en una democracia medianamente seria.

La desinformación debería ser un crimen de Estado porque atenta contra la cultura ciudadana, obstaculiza la participación de la gente en el diseño y la ejecución de las políticas públicas, y le nubla el camino hacia la toma de decisiones correctas. Las elecciones, para poner un ejemplo, seguirán siendo un ejercicio fallido mientras el ciudadano carezca de criterios confiables de selección.

Nota. Gracias a las bodeguitas y a las bandas de la desinformación, la democracia seguirá siendo apenas una bonita palabra.

Nota de cierre. Dicen los últimos reportes que la bodeguita cerró sus cloacas. Lo dudo. Hay engendros que nunca mueren: el DAS, el Consejo Superior de la Judicatura, la Comisión de Acusaciones, el Eln, las Águilas Negras… si mucho, cambian de nombre o de administrador.

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2020-02-15T00:00:05-05:00

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2020-02-15T00:30:01-05:00

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