Por: María Antonieta Solórzano

La tarea cotidiana es la esencial

Cuando iniciamos una relación o un proyecto, en general, sentimos emociones maravillosas, la alegría brilla en nuestros ojos, el optimismo nos hace ver que el mundo es nuestro y que está lleno de posibilidades, una gran energía nos inunda y al parecer nada puede detenernos.

Lo opuesto sucede cuando la relación se termina o el emprendimiento no da frutos. La tristeza nos embarga, el mundo parece un lugar donde no hay sitio para nosotros y, en ocasiones, llegamos a sentir que la vida carece de sentido. Lo curioso es que, aunque todos declaramos que la vida esta hecha de principios y finales y que la experiencia y la sabiduría sólo surgen durante el recorrido entre uno y otro, insistimos en sentir que sólo es importante el resultado.

¿Será que podemos aceptar con el corazón y con la cabeza que en la vida la tarea cotidiana es la esencial? Un hombre de mediana edad acostumbrado al éxito, convencido de que ganar es lo único que vale, tuvo que enfrentar, simultáneamente, el final de su matrimonio y una pérdida importante en su mundo profesional.

Al comienzo decía: “Ya no sé quién soy, si me esposa me deja y la empresa se va al traste eso significa que no soy nadie”. No sobra insistir que como consecuencia de este análisis en el que sólo la relación o la empresa exitosa tienen valor, el hombre estaba al borde del suicidio. Pero, al pedirle que pensara, por ejemplo, en las cosas que había hecho por sus hijos o en las personas que se habían formado junto a él, su expresión y emociones comenzaron a cambiar, pasó de la tristeza profunda a la aceptación y luego al reconocimiento.

Qué distinta sería nuestra actitud frente a los problemas y a la adversidad si en el día a día, como los gitanos, creyéramos que a nadie le quitan lo bailado. Es decir, que la vida nos da satisfacción en el paso a paso, todas las cosas grandes y pequeñas que suceden en nuestra cotidianidad son la base de lo que finalmente llamamos experiencia.

Y, precisamente, si es la experiencia diaria la que dota de significado la vida, nuestra propia autoestima nunca dependerá del éxito de una empresa o de la inmortalidad de la relación. Tampoco experimentaríamos vacío profundo cuando una relación o emprendimiento lleguen a su final, porque nos daríamos cuenta de que estamos orgullosos del coraje con que nos comprometimos, aun sabiendo que todo lo que nace, nace para morir.

El arte de vivir pasa por reconocer que la sabiduría que proviene de haber amado y servido se queda con nosotros hasta el final de nuestros días.

 

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