Por: Cecilia Orozco Tascón

La tenaza que hizo jirones el Acuerdo de Paz

Fernando Londoño, la figura sombría que custodia “la doctrina” Uribe, no lo habría tramado mejor: su plan de “volver trizas” el Acuerdo de Paz, revelado por él de manera tan descarnada que hasta sus aliados de falange, compartiéndolo, trataron de maquillarlo, se adelanta con resultados maravillosos para su agrupación extremista, desde luego. No así para Colombia. Tan bien le ha ido a Londoño, que del pacto que concitó la admiración mundial ya no quedan ni las trizas. Solo jirones. Todos a una, los sectores del establecimiento han hecho la parte de tarea que les corresponde para entorpecer por debajo de la mesa, mientras se llaman demócratas, el pacífico desarrollo del posconflicto. Desarmadas las Farc, ahora andan envalentonados, humillantes y vengativos, paradójicamente las mismas condiciones que argüían para luchar contra las guerrillas: “hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”, señaló Borges.

Empezaron su labor de destrucción con la campaña del No en el plebiscito que ganaron con odio y miedo. Después programaron el ataque desde el Congreso, ya fortalecida la ultraderecha con bancadas de alas similares camufladas en otros partidos. Entre estos, unos y otros calcularon el retraso del trámite de los proyectos legislativos y el entorpecimiento de las discusiones con los truquitos de siempre (desbaratar el quórum, declararse impedidos, cambiar la agenda, etc) para poder echarles la culpa al Gobierno y a las antiguas Farc, los únicos a los que, desde la óptica del filósofo de las trizas, compromete el Acuerdo.

Continuaron con su batalla frontal, mediante el poderoso fiscal general, alma y corazón del conservadurismo pernicioso del poder, a la creación de una jurisdicción especial para enfrentar con realismo la verdad que conllevan los crímenes de guerra. Martínez logró, ante un parlamento arrodillado por el miedo que le tiene a su facultad oficial de activar o desactivar investigaciones, detener la JEP hasta casi hacerla agonizar. Un solo ejemplo basta para tenerle pánico: el caso Santrich, tan oportuno para los intereses electorales de los enemigos del Acuerdo. Como caído del cielo.

No faltaba sino la cereza del postre: escandalizar a los ciudadanos que aún confiamos en que la paz entre los colombianos es posible, soltando la especie de que el partido FARC se robó la plata que el Estado le dio para la campaña del 11 de marzo. Y ¿quién, si no, mejor para hacer el oficio sucio de manipular a la opinión pública que ese nido de clientelismo y corrupción partidista que se denomina Consejo Nacional Electoral? Emiliano Rivera, un presunto “magistrado” a quien ese título le queda grande, empezó el escándalo en RCN, con la “noticia” de que le parecía “muy sospechoso” que $5.400 millones de pesos en poder del partido FARC estuvieran en la cuenta personal del gerente de este movimiento. Siguió su colega Gloria Inés Gómez, quen lo secundó en el Consejo al pedir, excediendo sus competencias legales, el bloqueo de los recursos que, según ella, se iban a perder: no cabría otra posibilidad si estaban en manos de unos delincuentes, aunque si estos pertenecieran a los partidos tradicionales, se haría la ciega. Ni el uno ni la otra contaron que, por estar en poder de la exguerrilla, ese dinero no quiso ser aceptado por el sistema bancario que se negó a abrir una cuenta única de gastos de campaña, como obliga la ley; que ante esa realidad, le tocó intervenir a la Presidencia para que el Banco Agrario recibiera los recursos y que solo como un favor, quien dirige esta entidad oficial concedió una cuenta de ahorros; que días después advirtió que el nuevo partido debía poner esa cuenta en ceros y que ante tal realidad perentoria, el gerente del movimiento legal de las Farc lo tuvo que mover hacia el banco en que tenía su cuenta personal. Un error, sin duda, pero presionado, otra vez, por el establecimiento, al final representado por Rivera y Ortiz, esta última de la entraña uribista a través de Óscar Iván Zuluaga de quien es íntima amiga. La serpiente se mordió la cola porque todo termina en donde empezó: el uribismo feroz opositor de la paz.

 

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