Por: Esteban Carlos Mejía

La tercera raíz

Hoy no voy a hablar de ficciones. Quiero referirme a un trabajo de historia: África, nuestra tercera raíz, de Diana Uribe (Aguilar, Bogotá, 2014).

Y empiezo con un latinajo: es un libro didáctico y apodíctico. Didáctico porque es adecuado para enseñar o instruir. Mejor aún, adecuado para aprender. Y apodíctico porque es “incondicionalmente cierto, necesariamente válido”.

Tiene tres partes y ocho cedés. “África la madre”, el primer capítulo, es un vistazo a este continente. Más de 30 millones de kilómetros cuadrados. Alrededor de mil millones de habitantes, 15% de la población global. Cincuenta y cuatro países, desde el antiquísimo Egipto hasta Sudán del Sur, creado en 2011. En orden alfabético, conocemos datos claves: ubicación, área, población, capital. Y banderas, repletas de rojo, amarillo y verde, colores de vida. Aprendemos también sobre los reinos africanos, con una línea de tiempo clara y comprensible, desde mitos y cosmogonías primitivas hasta las maldiciones sin par de la invasión europea. Gracias a Obatalá, la conclusión es apoteósica: ¡África es la cuna de la humanidad!

En la segunda parte, “La diáspora africana”, nos enteramos de las lacras de la esclavitud moderna. “Entre los siglos XVI y XIX, millones de africanos fueron capturados, transportados a América y utilizados como mano de obra esclava. Se estima que entre 11 y 20 millones de personas fueron sacadas a la fuerza de sus tierras. En este cruel negocio participaron comerciantes portugueses, holandeses, ingleses, españoles, franceses y daneses”, que, amparados en la superioridad militar, doblegaron a pueblos prósperos y más o menos pacíficos como los congo, bantú, yoruba, loanda, benin, ashanti, mandinga, cabinda. Minas y plantaciones de algodón, tabaco y azúcar en Brasil, Estados Unidos, el Caribe, Panamá, Ecuador y Colombia explotaron su fuerza de trabajo a la brava. ¿Qué les quitaron? Lenguas maternas, culturas, dioses. A ocultas conservaron o transformaron algunas tradiciones.

El capítulo final, “Afrocolombia”, narra las peripecias de los esclavos en Cartagena de Indias, el Chocó o San Andrés y Providencia. Entre otras verdades, analiza la correspondencia de varios ritmos colombianos (cumbia, currulao o champeta) con sus matrices africanas. Y nos hace sentir la presencia vitalizadora de África en Colombia.

Los cedés son maravillosos. Con fragmentos musicales, desde Tiken Jah Fakoly hasta Bob Marley, allí brillan la claridad expositiva, los conocimientos y el estilo descomplicado, mera sazón y mucha picardía, de Diana Uribe, esa gran historiadora a quien ciertos académicos, con sus tics intelectualoides, normas APA y revistas indexadas, miran por encima del hombro. Menosprecian la prodigiosa habilidad verbal y la capacidad de síntesis de esta maestra de la oralidad. Allá ellos con sus amarguras o sus envidias. Yo me uno a los miles (¡millones!) de oyentes de Diana Uribe y me pongo de pie para aplaudir África, nuestra tercera raíz, su obra summa cum laude. ¡Bravo, misiá Diana!

Rabito de paja: “Estoy persuadido que la Constitución y las leyes de nada sirven, si no están respaldadas por religiosas costumbres”: Rafael Núñez, alias El Regenerador.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía