Por: Alberto Carrasquilla

La Tesis de Lisarda

"Mas mata"  –opinaba Lisarda--- "esperar el bien que tarda / que padecer el mal que ya se tiene".

No soy nadie, desde luego, para prounciar juicio alguno sobre la validez absoluta de semejante planteamiento. Tratando de ordenar ideas sobre los temas que me ocupan, empero, el dictámen me ha parecido inmensamente sensato.

Por ejemplo, me aterra el curso que puede tomar el inevitable debate tributario colombiano que se avecina. Acá se piensa, con una unanimidad interesante, que la pepa del lío son las presuntas exenciones para ricos, costosísimas e inequitativas, y que aquello que en “La Portuguesa” Lope de Vega llamaba “bien que tarda” consiste en una cosa absolutamente trivial: eliminarlas. Con ello se lograría un suculento almuerzo gratis en el cual se servirían 5 billones de pesos a modo de ajuste fiscal, como entrada, seguido de una buena porción de justicia social con espárragos ejerciendo como plato fuerte.

Si fuera cierto, para empezar, que el impuesto empresarial lo pagan los ricos imponer justicia social a través del código tributaro sería una política de elemental implementación: bastaría quitarle a las empresas todo asomo de alivio impositivo y listo el pollo. Y si, además, fuera cierto que los impuestos empresariales en Colombia son bajitos, pues la medida de marras le aportaría al billar nacional la exquisitez de una carambola a tres bandas.

Lamento informar que en asuntos tributarios ni hay almuerzos gratis, ni luce razonable anticipar la carambola de marras. Aunque parezca increíble, no hay un solo estudio serio que demuestre que los ricos colombianos, efectivamente, pagan el impuesto empresarial pero si hay toda clase de argumentos a favor de la tesis de que en buena parte lo pagan los demás a través de los cambios en el esfuerzo, los precios y los salarios que toda distorsión genera. Lo cierto es que las tarifas impositivas que se consignan en las leyes son pura filosofía, y usualmente tienen muy poco que ver con su incidencia práctica, es decir con la carga tributaria efectivamente asumida por cada grupo de la sociedad, muy en contra de lo que reiteran los progresistas.

De otra parte, la carga impositiva para las empresas en Colombia no es bajita internacionalmente hablando, una vez uno va mas allá del impuesto puro de renta e incluye la pavorosa carga general que sufrimos. Por ejemplo, si el impuesto a la nómina –las contribuciones patronales a la seguridad social en salud, pensiones y riesgos profesionales-- es 12%, cabe preguntar a que porcentaje de las utilidades corresponde dicha suma. En una empresa promedio, operando de manera promedio, ello se ha estimado en alrededor de 23% de las utilidades. Puede bajar si la empresa vende bien, o llegar a infinito si la empresa no vende bien. Similarmente, se puede ahondar imputandole a las utilidades la responsabilidad de pagar el impuesto al patrimonio, los impuestos locales, y todos los demás. Un estimativo valioso, por ser comparable internacionalemnte, ubica la carga empresarial colombiana en la bicoca de 78.6% de la utilidades, que se compara casi vergonzosamente con el 25.3% de Chile, el el 40.3% de Peru o el 51% de Mexico.
 
El nuevo Gobierno le haría un flaco servicio al país parándole bolas a los devotos de la santa iglesia de los almuerzos gratis. Elevar la ya pasmosa carga empresarial colombiana, razón de ser de buena parte de nuestra informalidad, desempleo y atraso tecnológico, validaría, por enésima vez, la tesis de Lisarda.  Haría muy bien, de otra parte, proponiendo una reforma que reduzca y unifique tarifas, y ahi si elimine todos los regímenes especiales.
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