Por: Reinaldo Spitaletta

La tierra y la sangre

Colombia ha sido tierra de desterrados. Desde el nacimiento de la República, la tenencia de la tierra ha sido un factor de conflicto. Aquí, en realidad, nunca se materializó aquella consigna de “la tierra para el que la trabaja”. El latifundio improductivo y, más tarde, la alianza de sectores de la burguesía con los grandes terratenientes, condujo a este país de paradojas a mantenerse en el atraso, en especial en el campo.

Guerras civiles y fenómenos relacionados con la violencia han tenido su génesis en las disputas por las tierras. El no haberse realizado –hasta hoy- una profunda reforma agraria en Colombia, ha generado el surgimiento, en distintos períodos, de expresiones de despojo, de recuperaciones, de enfrentamientos de sangre. Bandolerismo y guerrillas, paramilitarismo y “pájaros” se han erigido como consecuencia de las desigualdades e injusticias frente al factor tierra. Y de las ganas de algunos de quedarse con la mejor tajada.

Por supuesto, al perpetuo conflicto colombiano en torno a la tierra, hay que agregarle lo político. ¿Desde qué perspectivas políticas se han defendido las enormes posesiones de terratenientes, cómo se han preparado proyectos de esquilmar campesinos, de despojarlos de parcelas para enriquecer a otros? ¿Quiénes han sido en Colombia los defensores de la gran propiedad frente a la pobreza y desolación de vastos pobladores del campo?

Hasta la década del treinta, Colombia fue un país esencialmente rural. La violencia de los cuarenta, que aumentó en proporciones apocalípticas con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, se desarrolló en los campos. Y además de ser un enfrentamiento entre la población en torno a lo liberal y lo conservador, permitió a muchos terratenientes ampliar sus fronteras. La literatura, me parece, ha dado mejor cuenta de aquellos tiempos que la misma historia.

Bastaría, por ejemplo, lecturas de Viento Seco, de Daniel Caicedo; Cóndores no entierran todos los días, de Álvarez Gardeazábal; La mala hora, de García Márquez, en fin. En esos textos –y en otros- se advierten asuntos conectados con las confrontaciones por la tierra. En otros días, la muchachada solía leer libros como el de Andre Gunder Frank, sociólogo y economista alemán, que estudiaba los procesos agrarios en América Latina, o los de Antonio García y Pierre Gilhodes, que hacían parte de las discusiones académicas y políticas en torno al problema agrario colombiano.

Hacia los setentas, luego de haberse creado en la década anterior la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (que se escindió en dos líneas), todavía se seguía analizando el asunto de las presuntas reformas agrarias, que venían desde los tiempos de López Pumarejo sin apuntar a lo esencial: la gran propiedad terrateniente y el atraso en la producción. Por ejemplo, el dirigente Francisco Mosquera, al examinar las condiciones de producción en el campo, advertía sobre las relaciones de servidumbre entre terratenientes y campesinos.

“El campo colombiano demanda una transformación radical de esta situación, secularmente aplazada, o mejor, entorpecida por las fuerzas políticas gobernantes, la cual puede ser otra distinta a la de la eliminación del régimen de explotación terrateniente, a través de la confiscación de las grandes propiedades y su reparto entre los campesinos que la trabajen”, apuntaba en 1976.

Por su parte, para esos días, Álvaro Tirado decía en su Introducción a la Historia Económica de Colombia, que una parte apreciable de la financiación del Incora procedía de los créditos de “agencias imperialistas de préstamo”, como la AID y el BIRF. De todos modos, al fracasado esquema de reforma agraria en Colombia se sumará después el proyecto paramilitar (una contrarreforma agraria), de despojo de tierras a campesinos para quedarse ellos, los paramilitares y sus secuaces, con las más productivas.

Hoy, a los líderes campesinos que se atrevan a recuperar sus tierras, los asedian los criminales para matarlos. Les puede pasar como lo que, a escala, muestra la película colombiana Retratos sobre un mar de mentiras. Así que al gobierno le espera un enorme desafío con su cacareada ley de víctimas y restitución de tierras. Por ahora, lo que muchos se preguntan, en particular los sin tierra, es ¿cuándo habrá una auténtica reforma agraria en Colombia?

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