Por: Juan David Zuloaga D.

La tiranía de lo políticamente correcto

EN ESTOS TIEMPOS QUE SE JACTAN —sobre cualquier otra cualidad a la que pudieran apelar para envanecerse— de su tolerancia, resulta curioso que en verdad esa pretendida tolerancia sea más aparente que real.

¡Cuántas veces respaldados por la tradición de la lengua, por la razón de los argumentos, por la nitidez apodíctica de la reflexión filosófica, no nos hemos visto corregidos con imprudencia y con altivez en nombre de lo políticamente correcto! Vaga instancia que comienza a consolidarse como tribunal inapelable y efigie de un juez omnisciente y universal y, parece, punitivo.

Basta con que alguno exprese una idea, un postulado que no coincide con las vulgaridades y los lugares comunes de la masa —ahora resulta que el pueblo tiene filosofía: se habla de una sabiduría popular—, para que el hablante se vea interpelado en nombre de, óigase bien, la decencia, del respeto, de lo bueno y hasta de lo verdadero. Claro que no hay claridad sobre tan venerables voces, sino una confusión inaudita que fusiona la sosegada reflexión y la filosofía con los prejuicios de algunos; de los que más gritan, claro.

Y resulta que hogaño esta vocinglería se está convirtiendo en criterio de verdad. Hemos llegado a tal punto que nada importan los argumentos ni las razones ni, peor aún, la verdad. Sino el ruido, el escándalo y la algarabía de que ciertos colectivos —feministas, ecologistas, y otros istas que dan lugar a un largo etcétera— son capaces, hasta poner el grito en el cielo. Y su entusiasmo y su fanatismo exacerbado han hecho que desplacen perspectivas y doctrinas que hubieran podido embellecer, con sensatez, son sosiego y con belleza la concepción del mundo o de vida buena que se tiene en una sociedad.

Por este camino el feminismo ha desplazado a la feminidad, el ecologismo a la ecología... y, en fin, las ideologías a las ideas. Preocupante, porque de manera insidiosa se reviste la tontería y la mentira con el traje del respeto y de la tolerancia. Y además, porque se le está mermando campo al pensamiento en la sociedad, puesto que ya está dicho o estatuido —de una vez y para siempre— por el canon de lo políticamente correcto lo que es lo justo, lo bueno, lo verdadero. Como nefasta consecuencia se está desterrando la noción de un justo medio para reemplazarla por un punto determinado y arbitrario; se le está dando la espalda a la reposada sabiduría que yace en la tradición y que nos lega la historia, para cambiarla por arrebatados discursos y violentas arengas y, por si fuera poco, se está perdiendo trecho para aquello que debiera inundar el panorama todo: la sensatez.

Son éstos los signos profundos y a veces sutiles que impone la tiranía de lo políticamente correcto. ¿Y qué quieren que les diga? A mí la cuestión me parece supremamente preocupante.

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