Por: Julio César Londoño

La tiza, el maestro y el mercachifle

EN LA LEY DE LA REFORMA A LA EDUcación superior hay puntos sensatos.

La insistencia en la necesidad de fomentar la investigación, mejorar la cobertura y la calidad, bajar la deserción y subir los presupuestos por encima del IPC son medidas que hasta los columnistas y los sargentos han aplaudido. Los estímulos a la inversión privada (con sus bondades y sus colmillos) y el reconocimiento de que la educación debe ser una actividad subsidiada, conforman una pareja excéntrica pero inevitable en estos tiempos eclécticamente chinos.

La reforma es de tipo gerencial, y eso está bien. Bueno, más o menos bien, porque los gerentes hacen todos lo mismo: quieren que todas las empresas sean autosostenibles, ojalá lucrativas, fusionan despachos, meten 40 estudiantes donde caben 20, liquidan las horas extras a precio de horas hábiles, despiden tres secretarios, nombran subdirector de sección al único sobreviviente y corren meneando la cola donde el patrón para mostrarle sus pírricos indicadores. Nadie dice que no necesitamos gerentes. Son tan necesarios como los banqueros, los políticos y los norteamericanos. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Pero el gerente no puede estar en el vértice del organigrama porque es una criatura limitada por los guarismos. A la cabeza de un despacho debe estar una persona que entienda los enrevesados balances de los gerentes, sí, pero que además conozca la historia del gremio, alguien capaz de repensar el mundo y de volver a imaginarlo otra vez y otra vez. El gerente es un operario, no un creador.

Por eso, por gerencial, es que esta reforma no toca temas de fondo. No presenta ninguna novedad. Carece de imaginación. No tiene la profundidad que tendría si la hubiera concebido Moisés Wasserman, el profesor que tiene a la Nacional en el primer lugar de las universidades colombianas. No está redactada por un colectivo de sabios como los que podría convocar el maestro Luis Fernando Isaza. No tiene la mística ni la imaginación de ese matemático ingenuo y tartamudo que un día creyó que se podía cambiar la historia de una ciudad con semiótica, corazón, ética y sentido común, ¡y la cambió!

La reforma dice, sin ninguna novedad, cómo financiar la educación pero no discute qué es lo que vamos a enseñarles a nuestros jóvenes. Y no lo dice porque a los gerentes no les importa el fondo, sólo la forma, las cifras, los indicadores. Un verdadero ministro, un filósofo de la educación, se preocuparía, además, por recordarnos que la Alemania de Hitler era la nación más educada del continente más educado del mundo; que en las bibliotecas de los Estados Unidos, ese país donde no cabe un premio Nobel más, los libros de biología llevan un sticker que afirma que la evolución es apenas una conjetura, para dejar entre líneas la idea de que la creación es un teorema; que los ayatolás enseñan en las universidades que morir en átomos volando es el camino más expedito para alcanzar el paraíso de las huríes de ojos de jade; que en los países del tercer mundo aún se piensa, después de siglos de guerras y miseria, que la solución de los problemas sociales empieza con la construcción de cárceles más grandes y el aumento del pie de fuerza.

A estos evangelistas de la fuerza les convendría leer a Paul Valéry: “Un edificio social es mucho más sólido cuanta menos fuerza necesite para sostenerse”.

Los mayores se preguntan hoy qué se hicieron los magníficos colegios públicos que teníamos hace 40 años. La respuesta es simple y atroz: los acabaron los gerentes del Estado, los apóstoles de la privatización a ultranza. A estos señores les convendría escuchar a Wasserman: “De seguir como vamos, dentro de 30 años nos preguntaremos qué se hicieron las maravillosas universidades públicas de principios del siglo XXI”.

 

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