Por: María Elvira Bonilla

La tormenta perfecta

El libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, escrito con el corazón en la mano, se devora de una sentada.

 Es sublime. Conmovedor, doloroso, trágico, universal, pero sobre todo valiente. Piedad quiso intentar ponerle nombre a ese dolor mayúsculo, el sufrimiento mayor para el que no existe una palabra en el diccionario que lo recoja: la muerte de un hijo. Y ni qué decir cuando se trata del suicidio. Piedad escribe un libro sobre el suicidio de su hijo Daniel, Dani, y su lucha de ocho años por derrotar los demonios de la locura.

Desnuda sus sentimientos y con detalles, a través de una bella prosa con la potencia de los vocablos precisos, penetra en el universo cruel que rodea la enfermedad mental, el tabú y el miedo que genera, el rechazo, la indolencia médica, los diagnósticos erráticos y el aprisionamiento de quien la padece. Es el descenso de Daniel hacia el infierno y la impotencia de todos quienes lo quieren y rodean, con veneración, en su intento inútil por evitar que se construya lo que los psiquiatras llaman la “tormenta perfecta”, cuyo desenlace final es siempre el suicidio.

Piedad se sumerge en lo profundo del alma humana, en el laberinto de una mente confundida y atormentada que hala hacia el abismo. Los embates de la demencia, de las alucinaciones persecutorias, de los demonios de Daniel que terminan derrotando su talento de pintor, de dibujante, de artista creativo, hasta llevarlo al socavón de la desesperación y el vacío que lo empujan a lanzarse de la azotea del edificio donde vivía, vecino de la Universidad de Columbia en la que estudiaba en Nueva York.

Pienso en Piedad, a quien conocí hace años, a través de su hija, mi amiga Renata, y trato de descifrar la aparente serenidad con que vivía y contagiaba entusiasmo por la literatura y la poesía, con la tragedia acechándola por dentro. Pienso en Renata, quien buscó pertinazmente ayudarle a encontrar una ruta a su hermano, atravesársele a su destino cuando le faltaron sólo minutos para alcanzar a llegar y salvarlo, por lo menos ese día, porque como me dijo cuando la abracé en el homenaje que le hizo a Daniel la Facultad de Artes de los Andes: “Esto iba a ocurrir. Pero sabes, Daniel voló en busca de la libertad”. Y lo dijo sin titubear, con una capacidad de aceptación pasmosa y sin trazos de resentimiento, sin concesiones, con su rebeldía intacta.

Piedad guardó celosamente las palabras para este libro. Durante los primeros meses del duelo se encerró en sus recuerdos hasta que el relato se transformó en urgencia. Necesario. Para ella y para Daniel. “Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentido. Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras. Porque aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas”.

En medio de la perplejidad y los interrogantes salpicados de dolor frente al misterio de la vida y de la muerte, del momento final de los suicidas cuando se desata la tormenta perfecta y ocurre lo inevitable, no puedo más que decir: gracias, Piedad, por este libro. Por haberse atrevido a intentar nombrar lo que no tiene nombre.

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