Por: Cecilia Orozco Tascón

La torpe defensa del exministro Arias

Una tercera o cuarta ola publicitaria favorable al fugitivo exministro Andrés Felipe Arias acaba de emprenderse con la aquiescencia de unos medios o con la sana intención de informar, de los menos, pero sirviendo a sus fines torvos, al final de cuentas. Ocurre cada vez que los jueces estadounidenses se aprestan a tomar una decisión sobre alguno de los sucesivos recursos que interponen sus abogados para impedir su extradición a Bogotá, solicitada por la Corte Suprema para que purgue la condena de 17 años en prisión que le impuso en julio de 2014. En agosto pasado se supo la noticia de que la Corte del Distrito Sur de la Florida se abstuvo de concederle la libertad. (Arias se encuentra en una prisión desde cuando un juez de ese estado avaló su envío a Colombia, en septiembre de 2017). Los argumentos de sus apoderados no convencieron al tribunal y, con ello, sumaron un rosario de reveses judiciales a pesar de que han logrado detener la extradición, estos 13 meses. En abril de este año, una jueza le había negado, por primera vez, la libertad bajo fianza porque “se encontraba en serio riesgo de fuga”. Arias insistió: además de las decisiones de abril y agosto, el 17 de septiembre y el 8 de octubre pasados la Corte le rechazó otras apelaciones.

Una semana después, llegó a Colombia una conmovedora “carta abierta a los colombianos” del exministro. Pese a que allí pedía “deponer” lo que calificó como “prejuicios” contra él, afirmó que seguiría “luchando contra este secuestro” en un claro insulto a la Corte Suprema de Colombia y, de paso, a la Corte de la Florida. Torpe, muy torpe. Su carta, en lugar de conseguir solidaridad con él, banalizó el crimen del secuestro que han padecido decenas de sus connacionales y minimizó la crueldad con que fueron tratados. Después, repitió sus ya gastados argumentos sobre una supuesta persecución política de la justicia contra los miembros del uribismo, y sobre la presunta violación de sus derechos por no haber contado con doble instancia de juzgamiento. Ni un solo argumento serio contra las pruebas que lo condenaron. Arias se reserva decir que en la época de su juicio no existía una sala de apelaciones para los aforados, unos privilegiados del sistema por tener como jueces a los magistrados de la cúpula en cambio de los jueces que nos atienden a los ciudadanos comunes. Los bandidos de cuello blanco han venido torciendo, a su acomodo, el hecho protuberante de que semejante protección sería, en realidad, una “persecución” para ocultar sus culpas y blanquearse por fuera.

Luego, y de remate, llegó una entrevista hecha a la esposa del condenado. La señora, que merece consideración humana, ahondó en desatinos: trastocó el tiempo pasado y lo puso en presente cuando aseguró, con tranquilidad pasmosa, que su marido fue condenado por unos jueces “a quienes se les ha comprobado que basan sus decisiones en intereses políticos y dinero”. Metió, así, en el mismo saco a los magistrados de todas las épocas con evidente distorsión de la realidad, como evidente fue el revoltillo que hizo con el Acuerdo de Paz. No sobra recordar que la magistrada ponente del caso Arias, si es a ella a la que alude, es una de las de mayor honorabilidad y credibilidad que ha pasado por la Corte. Si los “estrategas” del exministro pretenden ambientar un muy probable cambio de tesis norteamericana para concederle el asilo político por presiones del actual Ejecutivo de Colombia, hoy manejado por Álvaro Uribe Vélez, no lo están haciendo bien porque su torpeza lo que indica es precisamente lo contrario: no tienen sólidas razones jurídicas para permitir que permanezca en Estados Unidos quien es un delincuente certificado aquí, gústeles o no.

Entre paréntesis. Si Arias hubiera enfrentado su pena como corresponde a un hombre con valor, ya habría salido de la cárcel por pena cumplida: fue detenido en 2011 por orden de la entonces fiscal general Viviane Morales, hoy embajadora del gobierno uribista, en París (¡qué paradoja!), y fue dejado en libertad condicional dos años después. Esos dos años recluido –aunque en la lujosa “prisión” del Cantón Norte–, más los cuatro que han pasado desde cuando se dictó su sentencia condenatoria, sumarían seis a los cuales se les añadirían años de beneficios por trabajo, estudio u otras gabelas que tienen los presos. Es decir, estaría cerca de haber redimido la mitad de su pena y a punto de quedar libre y sin complicaciones ¿Quién le filtró el sentido de su fallo días antes de que huyera y quién lo ha aconsejado estos años de rígidas condiciones carcelarias en Estados Unidos? Yo lo sé y ustedes también aunque no lo digamos en voz alta.

 

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