Por: Juan David Correa Ulloa

La torre de Pisa

Dicen los informes alarmantes que Colombia hoy ocupa el puesto 61 entre los 65 países que participaron en las pruebas Pisa (Programa Internacional de Evaluación a Estudiantes).

 Dicen también que, de acuerdo a la reforma realizada en 1994 a la educación colombiana, los colegios tienen la libertad para armar sus propios programas pedagógicos. En muchos casos se desterraron las humanidades: se dejó de lado el estudio de la historia y la geografía de Colombia, por solo nombrar dos casos onerosos. A los estudiantes colombianos les va mal en matemáticas. Y en comprensión de lectura. Parece, según los resultados, que a las niñas les va peor que a los niños. Y además, que el puesto de profesor hoy es ocupado por un grueso de profesionales que no encuentra otra opción de empleo en un país que sigue alardeando de encuestas en las cuales, supuestamente, cada vez estamos mejor.

Hace una semana estuve en una preparatoria en Guadalajara, invitado por la Feria Internacional del Libro de esa ciudad, que terminó el domingo pasado. En esa preparatoria hablé con ciento ochenta muchachos de grados superiores, y con sus profesores. Todos querían saber cómo se hacía para escribir un libro. Después de salir de allí y de llegar a mi hotel, en donde leí un artículo sobre los resultados de las mencionadas pruebas, pensé en cosas que les dije esa mañana. La primera es que para escribir hay que leer primero, asunto que parece haberse olvidado en las escuelas colombianas: un profesor que no lee es alguien que es incapaz de poder ofrecer herramientas a sus estudiantes sobre el placentero y solitario acto de la leer. La segunda es que los niños llegan a la escuela en promedio a los cinco años sin nunca antes haber visto en su casa un libro, y cuando les ponen en las manos esos artefactos extraños hechos de cartón, y tinta, han perdido un valioso tiempo de familiarizarse con la idea de la lectura. Una idea que, además, encierra el encuentro con los otros, con la voz de la madre o la del padre, con la de una tía o un hermano mayor que establece un vínculo a través de un acto profundamente sencillo. La tercera es que la lectura sirve, como lo han demostrado investigaciones hechas en el mundo entero —me basta pensar en el psicolingüista colombiano Evelio Cabrejo-Parra, quien reside en París y que ha hecho investigaciones sobre el tema desde la asociación ACCES— para desarrollar partes del cerebro que tienen que ver con la abstracción y las matemáticas. La cuarta es que nadie debería leer por obligación pues, está probado, un niño que no puede elegir será un desertor seguro para la lectura. Y aunque hay muchas más cosas que se podrían mencionar en este corto espacio, podría decir que un país que no le da un lugar central a la lectura seguirá viendo cómo la torre de la educación sigue torcida.

 

Juan David Correa*

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2013-12-12T21:32:57-05:00

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