Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La tortura, Gadafi y los hermanos Arriagada

VIVIMOS EN UN MUNDO EN EL QUE un montón de hechos significativos han sido incorporados al flujo natural de las noticias, convirtiéndose en normales. Sin embargo, si uno toma un mínimo de distancia con respecto de algunos de ellos, advierte inmediatamente su carácter extraordinario.

Son muchos los que, después de superado el primer momento de embotamiento, llaman la atención. Piénsese por ejemplo en la aceptación pública de la tortura por parte de la primera potencia del mundo. Naturalmente, los juegos internacionales de poder han involucrado desde el comienzo el uso de métodos brutales y repugnantes. Sin embargo, el fin de la Guerra Fría, las esperanzas que esto generó alrededor de la posibilidad de fundar un régimen internacional de carácter liberal y garantista, y el papel que adquirieron los Estados Unidos como policía mundial de la democracia, cambiaron bruscamente los estándares de comportamiento de los Estados. Como se sabe, el atentado contra las Torres Gemelas y la guerra contra el terror dieron un nuevo giro a todo esto. Bush terminó legitimando públicamente la tortura, envolviendo como era inevitable el paquete en el crujiente papel del eufemismo (harsh methods, ‘métodos duros’). El repugnante —y, si se tratara de otra cosa, en realidad risible— argumento principal de los partidarios de la tortura era un escenario a la Misión Imposible. ¿Qué harías si tuvieras que sonsacarle información a un terrorista que le ha puesto un chaleco bomba a tu hijo, y sólo quedaran dos minutos para la explosión? Tic, tic... Hubo quien creyera que Obama terminaría con la aceptación, al menos con la pública, de la tortura. La dura realidad es que, aunque el tema se ha continuado debatiendo en varios contextos, Obama —con esa elocuente vaguedad tan suya— lo evita como el diablo al agua bendita. La principal figura antitortura del establecimiento estadounidense, el excandidato republicano McCain, ha seguido dando el debate, pero con réditos marginales decrecientes. Los entusiastas de Misión Imposible se salieron con la suya. El asunto se normalizó.

Hablé en el párrafo anterior del papel que tiene los Estados Unidos como gendarme de la democracia. Esto ha conducido a la normalización del bombardeo como supuesto instrumento de su expansión. Bombardear dictadores se volvió un deporte viable. ¿Y quién se le va a oponer? ¿Quién le haría barra a un dictador? Pero creo que esta democratización por aspersión es un resquebrajamiento gravísimo del orden internacional. Aparte de tal crítica —“de principios”— hay otra —“consecuencialista”—, en este caso igualmente importante. El bombardeo puede terminar en un debilitamiento crítico del Estado agredido, sin que se produzca ninguna democratización visible. Los habitantes del país se quedan si el pan y sin el queso. Sin elecciones, sin luz eléctrica, y con bombas. Esto es precisamente lo que parece estar pasando en Libia. ¡Cuántas veces no oímos que Gadafi se iba a caer al día siguiente! Pero, como se sabía desde el comienzo, los rebeldes son un despelote y si tomaran el poder comenzarían a atacarse entre sí al día siguiente, Gadafi tiene una significativa base social, los gringos y sus aliados no tienen ni los recursos ni las razones para meterse en serio, y con el tiempo el conflicto se vuelve cada vez más confuso y difícil de descifrar, como suele suceder con los conflictos. El programa supuestamente amable de invadir para proteger, que se ha vuelto tan popular en ciertos círculos de decisión y también académicos del primer mundo, una vez más ha evidenciado sus problemas.

Podría referirme a la norma que especifica que los presidentes del FMI y el Banco Mundial deben ser europeos o norteamericanos, respectivamente. Y aquí no terminaría la lista, ni de lejos... ¿Se acuerdan de los famosos boleristas chilenos, los hermanos Arriagada? A veces, basta mirar con atención para sentirse “en un mundo diferente”.

 

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