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hace 2 horas
Por: Luis Carlos Reyes

La tragedia de cambiar de carrera

Un amigo mío, que es doctor en física, sabía exactamente lo que quería hacer con su vida desde antes de terminar el bachillerato. Su plan era hacer un pregrado con doble programa en Física y Ciencias de la Computación. La idea era prepararse para una maestría y un doctorado, en los cuales utilizaría sus conocimientos avanzados de programación para crear modelos computacionales del comportamiento interno de los átomos.  Cuando, durante el transcurso del doctorado, se le agotó a su director de tesis la financiación que tenía para este proyecto, a mi amigo le tocó cambiar su tema de investigación. Se dedicó no a crear modelos computacionales de átomos sino de moléculas, lo cual desde su punto de vista fue un descarrilamiento tremendo de los planes que tenía desde la adolescencia, si bien al resto de la humanidad le parecía que seguía haciendo básicamente lo mismo.

Algunas personas son como mi amigo, y a los 18 años saben exactamente lo que quieren hacer con su vida profesional. Eligen la carrera idónea para realizarse intelectual y laboralmente, y sus estudios son un proceso fascinante en el que cada vez descubren nuevas facetas de un tema que les apasiona. Pero, la verdad, poca gente tiene tanta claridad a la hora de entrar a la universidad, y ni las expectativas sociales ni la manera en que está estructurada la educación universitaria en Colombia les ayuda.

Un interesante reportaje de Semana resalta esta situación, destacando que sólo el 37,4% de los estudiantes que inician un programa universitario lo terminan. Los demás se pasan a otras carreras o desertan de la educación universitaria. El reportaje recomienda que se creen mecanismos para apoyar a los estudiantes a la hora de elegir su carrera, lo cual sin duda es una buena idea. Muchos bachilleres no saben exactamente para qué los capacita la educación a la que se están matriculando ni qué perspectivas laborales les ofrece. Pero el problema va más allá de tratar de informar mejor a estos jóvenes.

La realidad es que no tiene sentido esperar que a una edad tan temprana la gente haya descubierto qué temas le apasionan y en qué le gusta trabajar. El talento para una actividad muchas veces sólo se descubre intentando realizarla, y descubrir que la carrera que uno había idealizado no es lo que uno se imaginó debería considerarse parte integral de la educación. El que un estudiante universitario decida cambiar de carrera no puede verse como una imprudencia de su parte, o como resultado de haber tomado una decisión mal informada a los 17 o 18 años.

Las universidades colombianas podrían ayudar a sus estudiantes a encontrar su verdadera vocación de una manera más efectiva que la actual. Ya que lo que más valoran los empleadores es el pensamiento crítico —que incluye la buena comprensión de lectura, el escribir bien y la capacidad de resolver problemas inesperados de manera creativa—, las universidades podrían reformular la manera en que tratan los énfasis y materias electivas. En vez de que haya tantos créditos específicos para cada carrera concentrados en los últimos semestres, podrían asignarse más clases electivas al principio de la carrera,  y buscar que estas clases fueran aceptadas por la mayor cantidad posible de programas. Por ejemplo, como la comprensión de textos complejos y la buena redacción se pueden enseñar desde cualquier perspectiva disciplinaria, no hay razón para que un departamento en particular sea el único que pueda enseñar estas competencias: al mercado laboral no le importa si uno aprendió a redactar bien en la facultad de Lenguas, en la de Humanidades, o en la de Ciencias Sociales. El primer año y medio de la carrera podría enfocarse en electivas divididas en áreas amplias del conocimiento (matemáticas, ciencias sociales, ciencias naturales, humanidades, etc.), de manera que el estudiante pudiera darle una “probadita” a distintas disciplinas a nivel universitario antes de comprometerse con una de ellas por el resto de su vida profesional. Y no por ello se dejaría de aprender a pensar de manera crítica. Este modelo, que tiene una larga trayectoria en Estados Unidos, tiene además la ventaja de formar profesionales con una cultura amplia y que entienden cómo interactuar con disciplinas distintas a la suya.

No puede seguir siendo el caso que un cambio de carrera se convierta en una tragedia personal y familiar. Debe verse como parte del proceso de aprendizaje, en el cuál es crucial darse cuenta de que, si bien equivocarse es humano, sólo los ignorantes perseveran en el error.

Corrección: En mi columna anterior mencioné que en las declaraciones de renta la DIAN no pide el número de identificación de los dependientes del declarante, cuando en realidad sí se pide esta información.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

 

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