Por: Arlene B. Tickner

La tragedia más olvidada del mundo

El estallido de un camión cargado de explosivos en una de las zonas más transitadas de Mogadiscio cobró más de 700 víctimas este fin de semana, entre muertos, heridos y desaparecidos. Y sin embargo, más allá de su registro fáctico, lo que se ha descrito como el peor ataque terrorista en la historia de Somalia ha pasado relativamente inadvertido. El doble estándar que opera en la cobertura mediática de distintos hechos críticos y en la indignación colectiva que surge (o no) a su alrededor, exige detallar la tragedia somalí, la más olvidada del mundo.

Desde 1991, cuando el líder autoritario en ejercicio fue expulsado del poder, la ausencia del Estado, el conflicto entre clanes, la lucha por los escasos recursos, la sequía, la hambruna, el desplazamiento, el éxodo y la intervención internacional se convirtieron en aspectos permanentes de la realidad somalí, a la cual se sumó la aparición y empoderamiento del grupo islamista Al Shabab, filial de Al Qaeda, en los 2000.

A partir de 2011 comenzaron a registrarse cambios en el país, en parte por la presencia de actores extranjeros como la Unión Africana. El control territorial de Al Shabab en la capital y el centro y sur de Somalia fue reducido, la piratería –que se había convertido en problema crónico en el Cuerno de África– se redujo ostensiblemente y el Gobierno Federal de Transición, creado en 2004, cedió el poder a un presidente y Legislatura elegidos mediante la consulta a 135 mayores representantes de los distintos clanes. Dada la imposibilidad de practicar elecciones generales por la situación de inseguridad, dicho proceso se “democratizó” este febrero de 2017 con la selección de 14.000 electores responsables de escogera los miembros del Parlamento y el Senado –entre los cuales, 25 % son mujeres–, quienes a su vez escogieron al presidente actual, Mohamed Abdullahi Mohamed.

Pese a dichos avances, la estabilización de Somalia está lejos de completarse. Los carros bomba, ataques con granadas, asesinatos y secuestros por parte de Al Shabab son todavía ocurrencias comunes. En efecto, la violencia es tan generalizada y la precariedad institucional del Estado tan marcada que la mayoría de los países que han reabierto embajadas (como Inglaterra y Estados Unidos) opera desde el blindado aeropuerto internacional de la capital. A su vez, la corrupción sigue siendo endémica y el desempleo altísimo, más de dos tercios de una población de 11 millones que es menor a 30 años en un 70 %.

La más reciente sequía y hambruna también han tenido un costo horrorífico. Según Unicef, el número de niños malnutridos asciende a 1,4 millones –275,000 con riesgo mortal–, mientras que la escasez de alimentos y agua ha producido el exterminio del ganado, así como el alza en enfermedades como cólera, tifoidea y meningitis. Y como las regiones de Somalia más afectadas son también controladas por Al Shabab, no se permite el acceso de las agencias humanitarias.

Tristemente, la realidad descrita de un país inestable e inseguro, corrupto, dividido entre clanes, amenazado por militantes islamistas y piratas, afectado por la hambruna y dependiente de la ayuda internacional, confirma la imagen de Somalia como un “Estado fallido”.

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