Por: María Elvira Bonilla

La tragedia palestina

Son los mismos que llegaron a Aracataca, inmortalizados por García Márquez en Cien años de soledad, “aquellos árabes que hallaron en Macondo un buen recodo para descansar de su condición de gente trashumante (…) invulnerables al tiempo y al desastre”.

Ese pueblo legendario, el palestino, es el protagonista de una diáspora interminable. Hoy su condición es de sobreviviente y resistente, arrinconado y amenazado en las tierras que desde los tiempos bíblicos les pertenecieron: el escenario donde nació el cristianismo. Territorios que en su viejísima historia fueron sucesivamente controlados y recorridos por babilonios, griegos y romanos, pero siempre con sus pobladores presentes.

Su historia es una verdadera epopeya que alcanzó su punto más trágico, que aún no supera, en 1948 cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de un plumazo los despojó de más de la mitad de su geografía patria para crear el Estado de Israel, que no contento con las tierras acordadas por el Consejo, en tres guerras aumentó su área a costa fundamentalmente de los palestinos, cada vez más arrinconados en su propia casa. Un Estado que apoyado por sucesivos gobiernos norteamericanos siempre dóciles al poderosísimo lobby judío, desconoce las resoluciones de las Naciones Unidas y los reiterados llamados de gobiernos e iglesias en el mundo, para que los cumpla y reconozca los derechos palestinos. Para rematar, la conquista militar judía los privó de su centro histórico, Jerusalén.

Los palestinos viven una realidad de no futuro. Se respira un aire de pueblo derrotado, que en su desespero pueden terminar en una nueva intifada de violencia. Los rostros en Ramala y en el este de Jerusalén, en Belén y en Jericó, en toda la zona bajo jurisdicción de la Autoridad Territorial Palestina, son de tristeza que nada tiene que ver con la imagen del terrorista amenazante que se le presenta a Occidente.

En Palestina por siglos convivieron como buenos vecinos, musulmanes, judíos y cristianos, muchos de ellos árabes. El odio y la violencia, la desconfianza y el miedo les llegaron de afuera, de Europa. Adiós convivencia y respeto; tomaron la palabra las armas y su territorio se convirtió a partir de 2002 en gueto con muros de concreto, semejantes al existente en la frontera de Estados Unidos con México o al que dividió a Berlín durante la Guerra Fría, haciendo aún más dramática e injusta la vida de los palestinos y dificultándoles hasta las posibilidades de trabajar para ganarse el pan diario.

Para quienes han hecho allí su vida, en especial los viejos, empobrecidos y agotados, les debe resultar aún incomprensible el porqué de ese destino injusto, producto de unas decisiones geopolíticas tomadas a sus espaldas, ajenas a su cultura, a su historia, a sus derechos.

La tragedia del pueblo palestino fue que su territorio es “la Tierra Prometida” para los judíos. Un sueño bíblico que los judíos del mundo, no sólo los de origen palestino, entienden como el derecho de todos a esa tierra para inventarse en ella su país, Israel, lo cual choca con el derecho de los palestinos de permanecer en el que también es su hogar. Una disputa entre derechos que está lejos de encontrar una salida.

 

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