Por: Alfredo Molano Bravo

La tragedia y la comedia

El rey de España, tras sus aventuras en África con los elefantes y después de siete operaciones en su cadera de alfandoque, optó por abdicar. Renunció y punto: dejó el trono en las asentaderas de su hijo. Nada tiene de insólito que un rey abdique.

Lo que sí ha causado enorme sorpresa es que en 50 ciudades y pueblos de España se hayan reunido miles de ciudadanos a pedir un referendo sobre la monarquía. Quién lo creyera: después de 80 años de haber renunciado Alfonso XIII, después de una guerra civil de un millón de muertos, después de una dictadura de casi 40 años, el antimonarquismo no ha sido sepultado. Y eso que el rey, Don Juan Carlos, fue un buen rey que traicionó a su mentor, el Caudillo, que lo había educado para ser un reyezuelo brutal. Contra todo pronostico y sobre el cadáver aún caliente de Franco, el nuevo monarca desmontó con suma prudencia el régimen y permitió la transición a la democracia. Cuando los militares y las fuerzas más reaccionarias trataron de dar un golpe de mano contra la monarquía constitucional y echar para atrás lo ganado, el rey se paró en su sitio y derrotó a los golpistas. Se podría pensar que la democracia en España había liquidado al republicanismo puro y no ha sido así: de sus cenizas se levantó.

La República española con su Constitución democrática tuvo efectos en Colombia. De un lado inspiró algunas reformas que el liberalismo tenía pendientes desde la derrota de la Guerra de los Mil Días y que Olaya aplazó. La célebre “función social de la propiedad”, pieza maestra de la reforma constitucional del 36, es una figura que los republicanos sacaron adelante en la Constitución española del 34 y que desató las iras del Partido Conservador y de la Iglesia. Laureano montó todo su aparato político contra esa figura y acusó siempre a López Pumarejo de ser un aliado del comunismo. Con ese argumento, el Partido Conservador, desde la plaza pública, y la Iglesia, desde el púlpito, fueron armando los espíritus para después armarles las manos. Y de esa no hemos salido.

La violencia, como tantas veces se ha dicho, no fue sólo una política para arrinconar a los liberales, sino una estrategia para detener la reforma agraria que López echó a andar con la Ley 200 del 36. Y no fue sólo un enfrentamiento entre los partidos; fue también una guerra con acentos religiosos.

La rebelión de Franco contra la República inspiró a los conservadores y Laureano no lo ocultó: era un frenético defensor del fascismo y del falangismo.

¿Qué diferencia existe hoy entre el discurso de Laureano y el del uribismo? Las misma tesis contra la reforma de la propiedad, la misma dialéctica contra los intentos de ampliar la democracia, la misma condena a los que no comulguen con sus ideas. Las mismas armas, idénticas amenazas.

Hemos vivido la violencia política desde los años 30, hemos sufrido una desgastadora y sangrienta guerra irregular y el enfrentamiento entre fuerzas reformistas —tímidas por lo demás— y fuerzas reaccionarias violentas no ha cambiado. En España se desató una guerra civil y una dictadura, al término de las cuales echó raíces la democracia; una democracia que, por serlo, no pudo enterrar el antimonarquismo del cual es hija legítima. Aquí vivimos hace 80 años un desangre sin fin, sin guerra civil y sin dictadura.

 

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