Por: Juan David Ochoa

La traición eterna

Con diplomacia y alto protocolo, el Gobierno electo está logrando la más honda destrucción de un proceso que parecía jurídicamente blindado y asegurado por las intenciones de las partes. El empalme del poder ha enfocado sus prioridades en la misma artimaña que hizo de esta sociedad, década tras década y traición por traición, una historia inviable. Es la misma narración y el mismo curso que conllevó a la muerte de Guadalupe Salcedo después del desarme de las guerrillas liberales y del pacto que resolvía los problemas fundamentales del momento, y es la misma historia de la trampa diplomática a la Unión Patriótica, y es el mismo final del proceso con el M-19 y la misma estafa a sus principales firmantes. Esta larga historia sigue aún sin superar su tendencia a la perfidia; esta larga incapacidad de entender la realidad y dimensión de un enemigo engendrado por el mismo Estado y revivido siempre en el argumento de su no reconocimiento nos sigue condenando al tiempo detenido, ese estado oscuro en que la ausencia del lenguaje y de la honradez solo agiganta la perdición y acumula los principios de otro futuro interrumpido.

El uribismo puede usar los artificios retóricos más puros para argumentar su inconformismo y matizar la dimensión de sus destrozos recurriendo a Holmes Trujillo, nuevo canciller, para revestir con los mejores adjetivos un hecho fatal: pueden jurar que sus modificaciones son milimétricas y dirigidas a las formas y a la superficie, y pueden esconder para siempre el rostro y la voz de quien habla siempre tras sus cuerpos y sus voces, pero modificar puntos acordados y reacordados en el Teatro Colón, y salvar contra todos los acuerdos a las instituciones estatales de sus crímenes y aberraciones es un atentado a la estructura del proceso firmado, y es escandaloso que esa realidad se asuma con la frivolidad de quien asume la caída de un debate común. El Congreso, ahora cooptado por las fuerzas aliadas del nuevo proveedor de las dádivas de una tradición intocable, obedecerá a todo lo que el nuevo poder ordene sin que importe la trascendencia histórica de otra catástrofe. El proceso se destruye en cada modificación milimétrica y pausada, y todo fluye al mismo final: el retorno de los desmovilizados al lugar al que siempre vuelven por las promesas incumplidas, y al rearme de un resentimiento acumulado que convertirá cada vez más su realidad en un fanatismo más cruento. Lo quieren hacer también con el Eln, una guerrilla fundamentalista y fanática que no tendrá reparos en volver a recobrar sus sueños románticos aunque se mueran sus cabecillas de nuevo en la selva, con la seguridad de su herencia militar en otras tropas que seguirán jurando nunca volver a creer en nada y en nadie.

Mientras tanto, entre el desbarajuste histórico y la eternización de las traiciones, otros movimientos políticos que se hicieron llamar aliados del progresismo y defensores de la unión nacional han decidido abstenerse de opinar al respecto. Les parece demasiado mundano y demasiado terrenal actuar entre el estercolero de la resistencia. Sergio Fajardo, principal vocero de ese paraíso blanco sin manchas de humanidad, ha decidido relegarse para siempre de la historia. Querrá volver después a prometer eliminar tanta infamia y tanta destrucción con los poderes supremos del lugar común y de la ligereza.

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La traición eterna

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