Por: Mario Fernando Prado

La trampa

CUIDADO CON CAER EN LA TRAMPA que nos está tendiendo el dictador —ese sí— Hugo Chávez.

No contento con raspar con sus espuelas virulentas al Estado colombiano —que ya no al Presidente— pretende ahora que le respondamos con la misma moneda y, de esa manera, volverlo protagonista de una disputa no exenta de intereses políticos expansionistas de su sueño —o pesadilla— bolivariana.

Llamarnos una vez más narcoestado y afirmar que vivimos del narcotráfico y que por ello no queremos acabarlo es una falacia miserable. Pero ante todo una provocación que se sale de su pelea con el presidente Uribe buscando enfrentarnos face to face con quien ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Bien llevada que está Venezuela —más parecida a una republiketa gobernada por un tirano que coarta la libertad de expresión, nacionaliza empresas y tiene paniquiado al sector privado en aras de un socialismo corrupto y discriminatorio— para venir a meter sus narices en nuestra soberanía. ¿Por qué y a son de qué? ¿Acaso para desviar la atención de su rancho ardiendo distrayendo incautos o, lo peor, para apoyar a una fracción del Polo y pretender “poner” nuestro próximo Presidente?

El coronel tiene nexos políticos y económicos inocultables con algunos sectores guerrilleros e ideológicos colombianos: los aconseja, los financia, los alberga y, sin embargo, Colombia con una gallardía que él no conoce maneja esta intromisión con paciencia y pundonor. ¿Qué tal que fuera a la visconversa?

Lo que sucederá hoy en Bariloche no será de alquilar balcón, sino de un avergüence lamentable porque claro, el chafarote querrá otra vez lucirse a costillas de su homólogo colombiano.

Empero, creemos que Uribe no se saldrá de la ropa cayendo en la trampa provocadora del agresor y, por el contrario, se limitará a exponer clara y sencillamente su condición de víctima y doliente de la paranoia chavista.

Un llamado a la mesura y a la calma no sobra hacerlo, pero sin menoscabo de la dignidad nacional que se pretende manosear grosera e irrespetuosamente. Y si se acaban las relaciones con Venezuela, que así sea para librarnos de una vez por todas de la jodetería diaria de un francotirador que de pararle bolas y hacerle el juego, nos llevará ahí sí a la verdadera hecatombe, la misma que presagió Uribe meses atrás.

 

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