Por: Augusto Trujillo Muñoz

La trampa de Santos

Hace casi dos meses escribí en esta misma columna sobre la necesidad de desmilitarizar el conflicto. Más que eso, hay que liberarlo de la trampa que significa resolver problemas políticos con soluciones militares.

El conflicto armado se definió a favor de las autoridades legítimas, es decir, a favor del conjunto de la sociedad colombiana. Por supuesto, la guerrilla aún existe pero sin opción militar alguna. Si eso no es ganar la confrontación bélica, entonces no estamos hablando de guerra sino de exterminio. Pero nunca ha terminado una guerra en esa forma. Siempre hay supérstites que se deben reintegrar al cuerpo social. Así de simple.

Cuando no ocurre lo anterior suele producirse una mutación del conflicto. Sobre todo en una sociedad heterogénea y desigual, como la nuestra, cuya diversidad de problemas exige diversidad de soluciones, a menudo simultáneas. La mentalidad unitaria tradicional no es consciente de ello. No estamos en Dinamarca sino en Cundinamarca, dijo alguna vez el maestro Echandía. Hoy, quizás, diría otra cosa: No podemos aplicar las soluciones de Cundinamarca en Arauca, en el Chocó o en el Cauca.

Este es un país que sólo se descubrió como diverso en la Carta del 91. En el Cauca, por ejemplo, hay una clara mutación del conflicto, de manera que la respuesta oficial no puede ser militar sino política. Supone consolidar las instituciones constitucionales y legítimas. Quizá la más importante de todas –en esa zona- es la propia autoridad indígena. Su fortalecimiento, dentro de la constitución, es la mejor forma de resolver un conflicto político, como lo reclama el intelectual popayanejo Gustavo Wilches-Chaux en su artículo de la revista virtual “Razón Pública.com” (15/07/12).

El gobierno debe modificar políticas, estrategias y acciones. En su habitual columna del diario “El Nuevo Día” de Ibagué (15/07/12) el periodista y consultor colombiano residente en España, Guillermo Pérez Flórez, escribe que el gobierno está fracasando en algunas zonas no porque haya abandonado la seguridad democrática de Uribe, sino por persistir en ella. En otras palabras la insistencia en soluciones militares para problemas políticos no acaba con la guerra sino que la eterniza. Así de claro.

Por su parte el académico Gustavo Duncan en “El País” de Cali (14/07/12) sugiere que Santos no ha logrado construir un puente entre las instituciones y la opinión para efectos de un proyecto a largo plazo. La paz es, sin duda, el más importante de ellos. Pero Santos necesita compartir la llave de esa paz con sectores clave de la opinión para viabilizar su propósito. De lo contrario el país será apenas un observador del proceso, y la opinión quedará prisionera de enfrentamiento Santos-Uribe.

Esa es la trampa que sujeta a Santos. Consciente de la dinámica social, quiso formular una política para la postguerra, para el postconflicto, para la paz. Sin embargo Uribe lo presiona a mantener la política de la guerra, del conflicto bélico, del triunfo militar. En un conflicto que muta semejante postura es inadmisible, porque niega el éxito militar conseguido, después del cual lo que se impone es un armisticio con los derrotados. Pero además pone a hacer a los militares lo que no les toca y, por lo mismo, los convierte en una especie de fuerza de ocupación dentro de su propio país. Así de grave.

Ex senador, profesor universitario, [email protected]  

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

La universidad pública

Deber moral y deber legal

¿Bomba pensional?

No es facil, pero tampoco imposible

Los placebos