Por: Sergio Otálora Montenegro

La trasescena de 22 minutos y 13 segundos inolvidables

DETRÁS DE ESOS VEINTIDÓS MINUtos y trece segundos gloriosos que marcaron la liberación de Íngrid Betancourt, los once militares y los tres contratistas norteamericanos, hay una larga historia y unos retos que se abren para el presidente Uribe, la clase dirigente colombiana de todos los partidos, la sociedad civil, Estados Unidos, Europa y, por supuesto, la guerrilla.

Que las Fuerzas Armadas prepararan con tanta malicia indígena la ‘Operación Jaque’, es el resultado de una acumulación de hechos y de fuerzas que no se deben pasar por alto. El tan vilipendiado “despeje” de El Caguán, con sus fracasadas negociaciones de paz, fue el inicio de una contraofensiva del Estado y una clara voz de alerta para Washington. Más que una “humillación”, fue el medio para que el presidente de ese entonces, Andrés Pastrana, encontrara que, mientras dialogaba con Marulanda, era fundamental fortalecer al Ejército (golpeado a fondo en el gobierno de Samper), deslegitimar a la subversión en el frente internacional y garantizar la ayuda efectiva (y en efectivo) de los gringos a través del Plan Colombia.

Desde el año 2000,  el Tío Sam ha desembolsado más de cinco mil millones de dólares para la lucha contra el narcotráfico y el “terrorismo”. Esa cifra nada despreciable, ha servido para montar una máquina de guerra supersofisticada y profesional. En  2003 (cuando fueron secuestrados los contratistas estadounidenses) la alta tecnología de seguimiento y localización satelital del Pentágono fue puesta al servicio de las fuerzas de seguridad colombianas.

El gobierno de Uribe ha respondido en consecuencia: aliado irrestricto de Estados Unidos, por encima de cualquier consideración. Hoy más que nunca, la guerra en Colombia tiene un fuerte componente internacional, tanto en lo político como en lo militar, con un hondo impacto en el vecindario.

Que Íngrid afirmara, a su llegada a Francia, que ese país le salvó la vida, no es poesía. Es una verdad de a puño: la mirada insistente de la comunidad internacional puso freno a cualquier intento de rescate militar a bala limpia. Ahora sabemos, además, que Israel ha aportado expertos en estrategia e inteligencia antiterrorista. Incluso, para los cerebros del engaño a los guerrilleros, sirvió de inspiración toda la logística empleada por Venezuela (con helicópteros incluidos) para recoger a los que fueron liberados por las Farc, a principios de este año.

La guerrilla, dentro de la lógica de la confrontación armada, ha retrocedido veinticinco años en lo militar y en lo político. Y ha dejado al desnudo su gran debilidad: no hay selva tupida que valga ante los avances tecnológicos que rastrean sus movimientos, y ante el hecho evidente  de que está infiltrada hasta la médula.

Muy bien: la subversión retrocede, pero el Estado colombiano no avanza un ápice en resolver el conflicto de fondo que alimenta nuestra tragedia. Aún no se han desmantelado los motores de la guerra sucia, ni la persecución a la disidencia, ni la violación sistemática a los derechos humanos. 

El reto es inmenso para no dilapidar la oportunidad que se abre de una negociación cierta que conduzca a la paz. La pregunta de fondo: ¿Quiere el establecimiento resolver, en un gran pacto de fin de la guerra, los conflictos políticos y agrarios que generaron el conflicto? ¿Tiene la voluntad de dar garantías reales para el ejercicio de la oposición? Y la clave: ¿Podrían las nuevas circunstancias presionar para que Uribe, a pesar de su innegable popularidad, abandone la tentación reeleccionista?

Hace apenas una semana, hablábamos de la ilegitimidad del Congreso y  de la vocación autoritaria del actual gobierno. Eso sigue sobre el tapete. Pero hay nuevos escenarios, nacionales e internacionales, para dar pasos de gigante en la madurez política e institucional de Colombia. Si nos empecinamos en seguir en lo mismo de antes, nos quedaremos con la fama comprobada de tener unos militares muy talentosos para las artes escénicas.

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