Construyendo al futbolista

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Después de 11 años regreso a escribir en El Espectador. Como lo afirmé en mi primera columna de aquel entonces, es un honor que la vida me concede para manifestar con letra vehemente y auténtica mi manera de percibir la actividad deportiva.

Colombia vive un momento especial exportando jugadores, posicionándose como el tercer país de Suramérica, según estadísticas del CIES (Observatorio Internacional del Fútbol), en poner su talento más allá de sus fronteras. Incluso, en el mundo ocupa la octava posición, superando naciones con más tradición e infraestructura. Son casi 300 compatriotas en el exterior. El mayor número en México, 30. En Europa, donde juegan los mejores del planeta, la cifra no es para nada despreciable, 56, participando en esta temporada atípica de los títulos del Real Madrid, Juventus, Porto, Brujas y Zenith.

Esto tiene tanto de largo como de ancho. La migración temprana afecta el nivel de los torneos profesionales locales y de paso ofrece un futbolista todavía sin terminar de formar. Es decir, ni la B y mucho menos la A pueden disfrutar del jugador cuando ya está viajando a tierras lejanas, y por su precocidad el margen de error en cuanto al posible éxito es inmenso. Es como enviar el café todavía verde al mercado internacional. La mayoría tienen que regresar más rápido de lo que sus sueños y expectativas visualizaban. Y a un buen número ni siquiera les alcanza para mantenerse en el FPC con el paso del tiempo. Terminan emigrando a ligas menores, frustrados y mal pagos o se retiran aún jóvenes sin herramientas para dedicarse a sumarle a la sociedad debidamente.

Nuestros deportistas tienen demasiadas carencias en la etapa básica. El porcentaje de desnutrición infantil es aterrador en numerosos casos. A pesar de que se ha avanzado, siguen siendo pocas las fortalezas en los procesos primarios. Las consecuencias además del regreso prematuro son la falta de continuidad en sus clubes, las constantes lesiones, los actos de indisciplina, aunque en ese aspecto han mejorado, y la renuencia por adquirir sus servicios en instituciones más grandes. En ligas intermedias y menos exigentes varios sobreviven y algunos se destacan, para no ser injustos. El aporte de los cafeteros, como nos dicen en muchas partes, ha sido fundamental para conseguir títulos en muchos países.

En la élite de pronto hay excepciones, que siendo escasas terminan por confirmar la regla, pero la mayoría de los jugadores colombianos que llegan a Europa sufren para no lesionarse constantemente y entrenarse a tope. Y ese detalle es el que más les juega en contra con los “místeres” del Viejo Continente. Independientemente de su buena técnica, lo que no perdonan allá es que en los entrenamientos los nuestros despierten dudas. No nos podemos quedar en “camadas” o generaciones espontáneas sin respaldos estructurales sólidos. La famosa mentalidad no es fuerte, muchos no se adaptan, padecen de desarraigo y desconfianza en sus capacidades. Sin embargo, vuelvo a excusarlos: ¿tienen la formación integral adecuada para hacerlos responder a estas exigencias de profesionalismo implacable? Seguro que no.

Es hora de empezar a cambiar métodos y a brindarles contención desde niños y así garantizar un mejor ser humano y de paso cumplir con estándares de alta competencia e iniciar correctamente la construcción del nuevo futbolista colombiano. La palabra la tienen el Estado, las instituciones educativas-formativas y la empresa privada. Los clubes llegarán más tarde al proceso. No es fácil, pero es lo adecuado y parte de la solución para que haya futuro.

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