La unidad como treta autoritaria

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Vuelve Uribe a sus andadas de democracia refrendaria contra el Estado de derecho, sus instituciones y la división de poderes. Invariable anhelo de cuanto valentón tocó el poder, el expresidente ha pujado, una y otra vez, por clausurar el Congreso o reducirlo a andrajos; por debilitar a las cortes hasta la anemia o fundirlas en una, de bolsillo del presidente. Hace un año insistió en eliminar las cortes y cercenar el Congreso mediante referendo. Y hoy quiere revocar, por la misma vía, sentencias de la Corte Constitucional. Esterilizarla. Propone acudir a la democracia directa, a la voluntad general hecha pueblo indiviso, homogéneo, uno, sin partidos ni librepensadores que estorben el mandato contra toda sentencia de la Corte que perjudique al establecimiento y su legión de corruptos, que emplace al partido de Gobierno y su cabeza sub judice.

Destruir esta corte será, a la vez, parte del proyecto autoritario de Uribe y objeto de su revancha: por haberle impedido cerrar el Legislativo en 2003, por haberle negado la segunda reelección. El argumento: construir la unidad de la nación alrededor de su persona, puño de hierro predestinado a salvarla de divisiones y conflictos, de ideas y violencias distintas a las suyas, de enfrentamientos laborales que ofenden la fraterna relación cristiana entre patrones y trabajadores. De la lucha de clases. Todo, montado sobre un Estado de opinión “en el cual la instancia judicial pueda ceder a la instancia de la gente” (Del escritorio de Uribe, Iela, 2002). Y Duque, hijo amantísimo del Eterno, invitará el 20 de julio a “desafiar la política del odio que promueven los profetas de la fractura nacional”.

Consejos comunales y referendo de 2003 fueron rica escuela de democracia directa, cándidamente magnificada en 1991. Algún entusiasta se congratularía de que aquella consulta materializara la democracia directa incorporada en la Carta del 91. Y Fernando Cepeda exclamaría: “¡Estamos democratizando la democracia!”. Pero la Corte Constitucional frenó el primer punto del referendo, la revocatoria del Congreso, por hallarla “contraria a la idea más elemental de Estado de derecho y de constitucionalismo”. De la mano del referendo venía el proyecto de reelección de Uribe. Defendió Sabas Pretelt, entonces ministro del Interior, la conveniencia de que fuera el veredicto popular y no una prohibición constitucional el que decidiera la reelección. Sin deliberación de la gente ni control político. Azaroso avance hacia la autocracia electiva, pues crea la sensación de que la mayoría aritmética puede legitimar cualquier abuso.

Así concebida la unidad, se acicala ésta bien trajeada de humanismo en la pasarela del trabajo. Clama Duque por una economía cristiana, fraterna, sin “odio de clases”, sin conflicto entre patronos y obreros. Eficientísima fórmula del corporativismo fascista que “unió” a las dos partes para “disolver” el conflicto y erradicar la lucha de clases. Ya se describía en este espacio aquella divisa de sociedad orgánica, una, indivisa, sin conflicto, alienada en la mística obediencia a un poder paternal que se impone inapelable desde arriba. Es la antesala del totalitarismo.

Cosa distinta será una unidad tejida mediante acuerdo democrático, diga usted sobre la paz, con respeto de la autonomía de los concurrentes, y en vista de una patria menos cruel con sus gentes. Incierto porvenir le espera a una propuesta decadente y cocinada en la autocomplacencia de quien no ve el desmoronamiento de su propio partido, ni el cambio operado en la masa: ésta no parece ser ya materia maleable de quien esconde tras el vocablo de unidad torva intención autocrática. Acaso el pueblo colombiano se proyecte hoy más en asonada que en referendos manipulativos.

Cristinadelatorre.com.co

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