La universidad, bajo riesgo

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En tiempos de falsas noticias y de relativismo moral, el conocimiento científico y la reflexión son vistos con desconfianza por sectores de la sociedad que viven de la desinformación en la que está inmersa la mayoría de ciudadanos, dedicados a la supervivencia cotidiana en un sistema que no da tiempo para más.

Buena parte de las campañas de personajes como Trump o Bolsonaro se montaron sobre la base del desprecio a la academia en general y a la universidad en particular; los profesores universitarios son señalados de ser una élite privilegiada alejada de los problemas reales de la sociedad, una élite subsidiada con recursos públicos o con beneficios tributarios excesivos en el caso de los privados. Trump ha sugerido recortar apoyos a universidades que tienen posturas demasiado liberales, por ejemplo, frente al mundo islámico, y Bolsonaro ha hecho lo propio con las llamadas ciencias sociales.

En Colombia, la universidad también está siendo objeto de diferentes señalamientos, desde el despectivo “estudien, vagos” de la inefable senadora, hasta la normalización del ingreso de la fuerza pública a los campus universitarios para enfrentar la protesta social, la universidad está hoy en el ojo del huracán.

Las nuevas generaciones parecen no apreciar la universidad de la misma manera en que lo hicimos quienes nos formamos en ella y hemos hecho de la cátedra universitaria y la investigación nuestro trabajo y forma de vida. La relación costo-beneficio entre unas matrículas excesivamente costosas y la probabilidad de conseguir empleo y retornar la inversión está llevando a los estudiantes hacia otros formatos de educación que garantizan ingresos en el corto plazo, y la universidad se ha demorado en reaccionar a este cambio, un cambio de naturaleza cultural.

El formato de enseñanza de la universidad sigue siendo pesado, anacrónico, clases de dos horas para jóvenes con bajo déficit de atención que tienen sus sentidos en las redes sociales explican, entre otros factores, la caída de matrículas en universidades públicas y privadas. Varios programas académicos en diferentes universidades no abrieron este semestre por falta de estudiantes, y en un futuro cercano muchos programas académicos y carreras desparecerán por sustracción de materia.

Hay que aceptar que los profesores universitarios vivimos en una burbuja, leyéndonos entre nosotros y con muy poca influencia en la toma de decisiones de los actores públicos y privados. En mi tema de estudio, el gobierno y las políticas públicas, difícilmente nos hablamos con los hacedores de políticas de los gobiernos, hay que hacerlo de manera independiente o asociado a firmas de consultoría. Las universidades, en general, no participan de los procesos de contratación para formulación y evaluación de políticas públicas, las publicaciones universitarias difícilmente son referencia de las decisiones de los gobiernos y ser académico, en lugar de ser una ventaja, es un obstáculo para ingresar al servicio público. Es que usted es muy académico, profe, he escuchado en reuniones.

El sistema de acreditación como sello de calidad educativa ha contribuido al aislamiento de la universidad de los problemas sociales, porque las acciones que la universidad podría desarrollar en esa dirección —por ejemplo, trabajar con comunidades, que exige tiempo y recursos— no tienen valor alguno en el sistema de acreditación; escribir libros que nadie lee, sí.

Así que no solo es el abusivo y desproporcionado uso de la fuerza por parte del Esmad contra la movilización estudiantil, la corrupción en universidades públicas y privadas —que exigiría abrir el debate sobre la necesidad de una superintendencia para el sector educación—, el desdén y desprecio de sectores sociales por el pensamiento académico, y el reflejo de la universidad como un síntoma de la desigualdad de esta sociedad lo que tiene en riesgo a la universidad, también, y especialmente, el ensimismamiento de esta y la falta de responsabilidad hacia la sociedad que le da sentido y justificación.

@cuervoji

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