Por: Augusto Trujillo Muñoz

La Universidad Nacional

Lucy Nieto de Samper se ocupó de la U. N. en su columna de El Tiempo (21/2/15). No conozco personalmente a la decana del periodismo femenino en Colombia, aunque le profeso admiración. Supo mantener la culta tradición de su estirpe. Su padre, Luis Eduardo Nieto Caballero, fue una de las grandes figuras de la generación del centenario.

Dice su columna que “en la universidad se ve el deterioro de sus edificios y se siente el deterioro de su prestigio…No incide en los asuntos nacionales, ni está a la altura de sus responsabilidades”. Y a propósito de la elección de rector, anota que la universidad debe volver a ser lo que fue en el pasado: la formadora de los mejores profesionales del país.

Para empezar la Universidad Nacional fue la única gran universidad de Colombia durante mucho tiempo. El país se movía en torno al eje de su capital y, más tarde, sobre el triángulo Bogotá, Cali, Medellín. En el siglo xix el federalismo –que en Norteamérica fue un pacto de unión- en Colombia fracturó las posibilidades de aproximar lo diverso. Y en el siglo xx, el centralismo invisibilizó la rica historia de la provincia colombiana.

Las demás universidades eran pocas y buenas. Entre ellas había emulación académica y no, como ocurrió luego, competencia comercial. Mientras avanzaba la segunda mitad del siglo pasado proliferaron en Bogotá universidades de todo tipo. Simultáneamente se abríó la opción esperanzadora de nuevas universidades en las capitales de departamento.

El siglo anterior transcurrió en medio de una sobreideolización alarmante. Todo trabajo cultural se expresaba en términos ideológicos y toda formulación ideológica en militancia política, casi siempre contestataria. El debate no se anclaba en los problemas del ciudadano, sino en la urdimbre de una mercancía ideológica importada –liberal o socialista- que hizo crecer al país con el centro de gravedad situado afuera.

De alguna manera ese sigue siendo el drama nacional del siglo xxi. La universidad forma parte de una Colombia sin sentido de pertenencia y sin vasos comunicantes que crucen a través de su realidad plural. La Constitución del 91 quiso acercar las instituciones a la gente, pero sin mucho éxito. En el año 93 comenzaron las contrarreformas. Con cada una de ellas desandamos en el camino de la democracia.

La Universidad Nacional es responsable de mantenerse en estado de clausura pero tiene razón en negarse a ser una fábrica de profesionales en serie. Es la conciencia crítica de la nación. Su problemática se inscribe en el marco de la crisis del Estado y de la propia sociedad. La Universidad Nacional es un trasunto cabal del país. Por eso en ella se viven las contradicciones de este, sus conflictos, sus fracasos en toda su plenitud.

Los dirigentes, los gobernantes, los mismos ciudadanos son los que determinan el suceso de la Universidad Nacional. Ésta debe proyectarse sobre los cuatro horizontes del suelo y del hombre para hacerse protagonista del presente. Pero las falencias de la U. N. son las falencias de la educación superior como política pública, adobadas en medio de la indolencia dirigente y la indiferencia ciudadana. Nada se parece tanto a Colombia como la Universidad Nacional.

*Ex senador, profesor universitario, @inefable1

 

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