Por: Julio César Londoño

La Uribe-Caracas y Tlaxcala-El Caguán-La Habana

LO QUE SIGUE ES UN RESUMEN APREtado de los cuatro momentos más importantes de las negociaciones entre el Estado y las Farc en los últimos 30 años.

Belisario Betancur entabló diálogos de paz en La Uribe en 1984 con una guerrilla fortalecida política y militarmente. La precaria legitimidad del Gobierno y las altas cifras de la abstención animaron a las Farc a participar en política y crearon la UP en este mismo año (la abstención en Bogotá fue del 80% en las presidenciales del 82). La voluntad del Gobierno se evidenció en el reconocimiento del estatus político de las Farc y en la promulgación de una “amnistía general a los autores de delitos políticos” (Ley 35 de 1982). Hasta se pensó en mecanismos de reinserción de los combatientes en un hipotético escenario de “posconflicto rural” y se trazó el boceto de un generoso Plan Nacional de Rehabilitación.

Pero los militares violaron el pacto del cese al fuego de manera sistemática y soterrada (“los enemigos agazapados de la paz”, los bautizó para siempre Otto Morales), los diálogos se rompieron y las llamas de la guerra crepitaron con un entusiasmo renovado.

Las Farc que se sentaron a la mesa en Caracas y Tlaxcala en 1991 y 1992 eran aún más fuertes que las del 84 gracias a un fluido vital que oxigenaba todas las arterias de la vida republicana, los dólares del narcotráfico. Sin embargo, las Farc decidieron dialogar porque el M-19 estaba copando todo el espacio político de la izquierda y era protagonista central en la Asamblea Nacional Constituyente.

Las negociaciones se suspendieron por el asesinato del exministro Argelino Durán a manos de la guerrilla, y se cerraron poco después porque el nivel de confianza entre las partes era computable en cero: la sociedad no creía en una guerrilla que había perdido sus ideales en las “cocinas” de la coca, y las Farc no podían confiar en el Estado luego del genocidio de la UP.

Pastrana llegó al poder de la mano de Tirofijo y del Proceso 8.000 en 1998, y de inmediato se sentó a hablar con “la silla vacía” en el Caguán. Fue un diálogo singular porque las Farc no estaban negociando su rendición ni vendiendo paz sino armando una asamblea constituyente en una enramada. La agenda fue copiosa y caótica. Las partes dialogaron con un puñal en la manga. Las Farc combinaron todas las formas de lucha: secuestro, boleteo, narcotráfico y verborrea. El Estado modernizó sus FF.AA. y apoyó los grupos paramilitares, que eran legales desde Samper (en el Congreso no se discutía su legalidad sino el calibre de las armas que podían usar). La opereta terminó en sainete el 20 de febrero de 2002, cuando las Farc secuestraron el avión en que viajaba —ironías del destino— Eduardo Géchem, presidente de la Comisión de Paz del Congreso.

Los diálogos de La Habana son muy diferentes. Se negocia bajo el fuego. Se han corregido los errores de otros diálogos. La delegación del Gobierno es fuerte, seria y plural. Las Farc llegaron a la mesa en su punto militar más bajo, gracias a los golpes asestados por la “Seguridad Democrática” y por la administración Santos (recordemos las bajas de Cano y Jojoy). “Las fuerzas agazapadas” están poniendo la cara. Y cuando no juegan a la desinformación burda y criminal, sus argumentos sirven para afinar las condiciones de la negociación.

En suma, estamos ante un diálogo que avanza contra todo pronóstico. Nunca se había llegado tan lejos.

La paz plantea desafíos grandes pero nobles. La guerra es mezquina y no plantea nada distinto al exterminio de “los malos”. Se necesitan billones para construir la paz. La guerra devora billones para destruirlo todo, hasta la esperanza. La paz tiene mil preguntas sin respuesta. La guerra no tiene ni siquiera preguntas.

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