La utopía de ser burgués

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En un principio fue la burguesía. Recuerdo que siendo niño, por allá en los 80, la batalla cultural que daba la izquierda aún la tenía a ella como enemigo. Mi papá se enorgullecía de no ser un burgués y de vestir el muy académico cuello de tortuga los 365 días al año, sin almacenar una sola corbata en el clóset y siempre atento a no incurrir en las conductas típicas de ese estereotipo social. Y no era sólo él. Había un cordón sanitario impuesto por la izquierda que intentaba frenarle el paso a la seducción burguesa —a su discreto encanto, diría Buñuel— como si de una epidemia se tratara. Había que alejarse, correr más rápido, resistírsele. La burguesía parecía estar ahí, esperando como destino vergonzante a las clases medias resignadas o no lo bastante comprometidas con las luchas verdaderamente importantes por la humanidad.

Había en todo ello un mensaje esperanzador y engañoso, al menos para mí. Si de grande no encontraba la fortaleza de espíritu para militar junto al proletariado, pues qué remedio, me convertiría en un burgués autocomplaciente y me entregaría a todo tipo de vicios. Tampoco sonaba tan mal. Pero la verdad es que ese temor-odio a la burguesía perdió muy pronto toda pertinencia por la sencilla razón de que ser burgués se convirtió en una utopía irrealizable. Nada más difícil hoy que tener los estándares de vida que permiten esa autosatisfecha actitud ante la vida. Buena parte del malestar de los jóvenes en medio mundo está causado por la precarización de la existencia y la imposibilidad de prever una digna recompensa a los esfuerzos empeñados. ¿Una carrera universitaria garantizará un buen puesto de trabajo? ¿Valdrá la pena endeudarse hasta el cuello para pagármela? ¿Viviré mejor o peor que mis padres? ¿Seré capaz de salir adelante en la jungla social, donde todo cuesta, nadie me garantiza estabilidad y las redes de seguridad social no detienen la caída?

Desde luego que esta no es la única causa de las protestas que han estallado en América Latina en las últimas semanas, pero algo de eso hay, al menos en la chilena y en la colombiana, donde los jóvenes han cobrado mayor protagonismo. Porque en estos países, aunque bastante más estables económicamente que otros de la región, las desigualdades han lanzado a la riqueza a una ínfima minoría y han dejado a los demás en la pobreza o en la cuerda floja. Eso es lo que hoy significa ser de clase media: estar en la cuerda floja. Desatendidos por el Estado, los que otrora hubieran aspirado a ser burgueses tienen que afrontar inverosímiles costos en educación, deudas en vivienda y en general un costo de vida desproporcionado. Hasta el Estado se empeña en que no seamos burgueses, penalizando con un predial estalinista a quien accede a la vivienda propia.

Y, claro, llega un momento en que la gente se harta y pide un cambio. No se trata de desdeñar lo conseguido ni de arrasar las instituciones que funcionan, sino de dar pasos para crear un sistema de seguridad social que acerque a los países latinoamericanos a los europeos. Las protestas le están diciendo al Estado que se reforme para que la gente pueda acceder a educación, salud y ocio de calidad sin tener que empeñar el alma. Y, sí, seguro que entonces hasta la izquierda verá con buenos ojos esa forma de aburguesamiento.

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