Por: Saúl Franco

La vacuna contra el VPH: un debate abierto y saludable (I)

El tema de la vacuna contra el virus del papiloma humano —VPH— y su inclusión en los programas nacionales de vacunación ha suscitado intensos debates científicos, éticos, jurídicos, económicos y de salud pública. Por el estado actual del conocimiento y de la situación, la discusión sigue abierta. Y pude ser saludable en la medida en que contribuya a aclarar posiciones, responder interrogantes y avanzar conceptual y prácticamente en términos de la salud en la sociedad. Dada la importancia y complejidad del problema, dedico esta columna y la próxima a abordar algunas de sus dimensiones.    

Han pasado ya más de dos siglos desde la introducción de las vacunas como uno de los recursos técnico-científicos más exitosos en el trabajo para prevenir y controlar algunas enfermedades infecciosas. Desde su origen han suscitado defensores y críticos. Y con razón, pues interpretan una de las muchas maneras de entender y enfrentar las enfermedades, tienen limitaciones inocultables, no están exentas de efectos secundarios, mueven grandes cantidades de dinero y plantean difíciles dilemas éticos y controversias jurídicas.

La del VPH para la prevención temprana del cáncer de cuello uterino y otras formas de cáncer en las áreas genitales no es la excepción. No se discute la importancia de este tipo de cáncer como problema de salud pública. Según la OMS, el de cuello uterino afecta cada año a medio millón de mujeres y mata unas 260.000 en todo el mundo. Pero la presencia del VPH es apenas una de las condiciones que lo hacen posible. Además, no se trata de un solo virus, sino de un grupo de más de 150, dos de los cuales —el VPH-16 y el VPH-18— son co-responsables del 70% de los casos de cáncer de cuello uterino. Esto hace que sea casi imposible una vacuna que los ataque a todos, y que en el restante 30% de los casos no pueda esperarse una respuesta segura. De hecho, las dos vacunas más usadas actualmente sólo cubren entre dos y cuatro de los 150 virus del grupo, dejando inclusive en pie la pregunta de si realmente se trata de una vacuna.

Los efectos secundarios, reales o potenciales, han sido otro punto de dura polémica. Aunque ninguno ha sido mortal hasta ahora, tanto la Sociedad Americana de Cáncer, como la OMS reconocen que, al igual que otras vacunas, la del VPH puede producir dolor y enrojecimiento locales, fiebre, mareos, náuseas, dolores de cabeza, musculares y en las articulaciones, y desmayos (síncopes) al momento de la aplicación. En el reporte de mayo de este año, la OMS reconoce también que se han observado algunos casos de “reacciones de ansiedad asociados con la administración de la vacuna”.

Es muy posible que estos síncopes y reacciones de ansiedad hayan sido los cuadros que presentaron hace tres años algunas adolescentes vacunadas en nuestro país, en especial en El Carmen de Bolívar y que, con un cuestionable manejo mediático, produjeron una alerta nacional contra la vacuna, aprovechada por sectores moralistas que ven en ella una especie de provocación al inicio temprano de la actividad sexual de las adolescentes vacunadas.

De todas maneras, siguen en pie interrogantes —imposibles de resolver en el momento actual del proceso de utilización masiva de esta vacuna—  sobre sus riesgos y efectos a largo plazo en sistemas como el inmune, y su capacidad real de reducir de manera significativa y sostenida la morbimortalidad por los distintos tipos de cáncer asociados al VPH.

Otro punto álgido del debate es el de los costos de estas vacunas. Lo abordaré en la próxima columna, con el de los dilemas éticos y jurídicos. Por hoy sólo lo introduzco formulando dos preguntas: ¿deben patentarse las vacunas? Y, en caso afirmativo, ¿deben tener las mismas implicaciones económicas las patentes de las vacunas que las de cualquier otro medicamento?

* Médico social.

 

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