“La vamo a tumbá”

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¡Cómo no se les ha ocurrido a los muchachos de las marchas fijarse en esta canción! Si desde hace 20 años está sonando como una ambigua felicidad. Si tiene más golpe y cadencia que la chilena con el coro “El violador eres tú”, hecha viral por mujeres y feministas. Si es negra, tumultuosa, traviesa y furibunda, como los colombianos de hoy.

Su compositor, Octavio Panesso, nacido en Condoto, director del grupo “Saboreo” y alto directivo académico de la Universidad Tecnológica del Chocó, dice que él no hace canciones. “Las canciones las hace el público –aclaró en el documental Los sonidos invisibles, de Ana María Arango–, yo simplemente las organizo, organizo el pensamiento, leo la cultura de la gente, su comportamiento, entiendo lo que me dicen, y eso voy y lo escribo lógicamente en representación de ellos”.

Un vocalista de timbre penetrante e infinidad de dientes pelados cuenta en versos la historia: “Esta casa que yo hice / pasando tanto trabajo… / con amor y sacrificio / pero el barrio está de fiesta, he invitado a mis amigos / hoy la vamos a tumbar. / Esta noche me amanezco / bebo y bailo / toy contento / me emborracho”.

Durante cinco minutos los cobres no dan tregua. Clarinete, trombón, saxo, trompeta, acompasados por tambores, ponen voltaicos a los concurrentes: “Vamos a quitarle el techo / vamos a aflojar la cama / vamos a tirar los platos y chiros por la ventana. / Esta casa es mía / túmbenla / estoy contento, túmbenla”.

Las instrucciones cumplen: “Ya se está moviendo / ya se está aflojando / ya se está hundiendo / ya se está cayendo. / Salten, bailen, beban, coman, canten, griten, beban, jodan. / Que hoy la vamo a tumbá. / De que la tumbo, por Dios, que la tumbo / por favor, túmbenla”.

El ruego funciona: “Ya se está moviendo / ya se está aflojando / ya se está hundiendo / ya se está cayendo. / Se movió, / se aflojó, / se hundió, / se cayó. / Se cayó mi casa, en una parranda… / Dios mío, me dejaste sin casa. / Pero hice mi buena parranda”.

La secuencia del relato es minuciosa: construcción con sufrimiento; invitación a la fiesta de derribamiento; motivación del acto: estar contento y la casa es mía; pasos a seguir: desvencijar todo y bailar y beber; desplome final en medio de la fiesta.

La tonada se llama La vamo a tumbá, así, sin consonantes finales, colectiva, rebelde, capaz de prender un velorio. Nadie sabe qué tiene de cierta y qué de embustera. No dicta cátedra, sin embargo todo el mundo sospecha a qué se refiere. Conserva todo el tiempo una cara y un antifaz, una verdad y una mentira.

Esta chirimía chocoana es la proclamación anarquista de una raza y pueblo zarandeado en sus raíces desde hace 500 años. Es la burla ebria de los oprimidos que construyen el sueño americano, solamente para destruirlo entre risas en una noche de parranda.

Es la consigna de una revolución que tiene únicamente enemigos históricos. Que por eso no mata a nadie. Que hace saltar en trizas un sistema aborrecido en las tripas. Que tiene por armas la complicidad, el regocijo, la claridad política que sabe explicar las cosas sin nombrarlas.

Nota. Esta columna hará una pausa de comienzo de año. Reaparecerá el viernes 24 de enero.

arturoguerreror@gmail.com

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