Por: Alberto Donadio

La vara alemana

Murió el mes pasado el papá de la literatura alemana.

Formalmente, Marcel Reich-Ranicki, 93 años, era solamente un crítico literario. Pero este hombre de letras se hizo famoso en la televisión con su programa El cuarteto literario y por las miles de reseñas de libros que escribió en diarios alemanes. 

Ángela Merkel lo despidió como un “amigo incomparable de la literatura, pero también de la libertad y de la democracia”.

Reich-Ranicki era un judío polaco. Vendió 1’200.000 ejemplares de Mi vida, sus memorias traducidas a varios idiomas. En la crisis del año 29 su padre entró en quiebra en Polonia y lo envió a Berlín a vivir en casa de un tío. Laura, su maestra polaca, lo despidió felicitándolo: “Hijo mío, marchas al país de la cultura”. 

Setenta años después escribió en sus memorias: “Aquel primer día de escuela en Alemania sentí algo que nunca pude superar por completo y que me acompañó durante toda mi vida. ¿Me acompañó? No, digamos más bien que me acompaña. Me refiero al miedo, el miedo a la vara alemana, al campo de concentración alemán, a la cámara de gas alemana, en resumen: a la barbarie alemana. ¿Y la cultura alemana de la que la señorita Laura me había hablado con tanto énfasis y entusiasmo? Tampoco se hizo esperar mucho tiempo. Tardé muy poco en caer bajo el hechizo de la literatura y la música alemanas. Así, pues, al miedo se sumó la dicha: al miedo a lo alemán, la dicha que hube de agradecer a lo alemán”.

Deportado a Polonia antes de la guerra, Reich-Ranicki se salvó por su conocimiento del idioma: traducía las órdenes que impartían los oficiales de la SS en el gueto de Varsovia, pero nada pudo hacer por sus padres, a quienes vio tomar el tren para reses que los llevó a Treblinka. 

Él y su esposa sobrevivieron escondidos el resto de la guerra en el sótano de una casa campesina. Reich-Ranicki trae en sus memorias una estadística que sacude. Pese a la atroz persecución, entre 1934 y 1937 solamente emigraron de Alemania unos 25.000 judíos cada año. ¿Qué creían los judíos? “Un régimen inhumano como el nacional-socialista era impensable en Alemania. En dos o como mucho tres años habría acabado aquella pesadilla. No tenía, pues, sentido liquidar la vivienda y desmontar el campamento”. No en la patria de Goethe. Anota Reich-Ranicki: “Mi tío Max no dejó de creer que el Tercer Reich se hundiría miserablemente muy pronto, quizás al año siguiente”. 

Cuando terminó la guerra, Reich-Ranicki cuenta que él y su esposa Teófila “no sentíamos alegría, sino tristeza, no sentíamos dicha, sino furia y cólera”.

 

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