Por: Fernando Araújo Vélez

La venganza de la soberbia

Por eso, porque necesitaba caminar para distenderse, el hombre se levantó ante aquella mujer a la que tanto deseaba y mientras desplegaba su estatura le contó de la tarde en que el destino marcaría la vida del abuelo, de su abuelo, una tarde como tantas otras en las que él se iba de parranda con sus amigos y con quién sabe quién, tardes que duraban tres o cuatro días, y ron y mujeres, sudores. Tardes como todas las tardes en las costas de La Guajira de aquellos años finales del Siglo XIX.

El abuelo ya se había montado en su caballo. Creía que su esposa estaba lejos, quizá con el resto de la familia, pero ella surgió por detrás para pedirle cuentas de sus actos. Entonces él fue pasando de la sorpresa a la indignación, de la indignación a la postura de hombre que lleva el dinero a la casa y decide, de allí a la rabia, de la rabia al grito estentóreo y luego al insulto, y de aquella violencia verbal a la acción. La abuela, Margarita D. Kennedy, había sujetado las riendas del caballo; él reaccionó con un grito y un fuetazo desbocado que envolvió las bridas y las manos de su esposa. Esto te va a pesar por el resto de tus días, le dijo Margarita mostrándole el dedo herido.

Algunos años después, murió. No quiso jamás curarse las heridas del fuetazo y cada día que pasaba hacía lo posible para que él las viera. Era su manera de hacerle sentir una culpa que él ya no podía remediar pues ella siguió fiel a su amenaza. Incluso, una de aquellas tardes, el abuelo trató de narcotizarla para curarla con la ayuda de un médico, pero ese intento también fue en vano. Al fin falleció como consecuencia de la gangrena en un viaje a México, en plena altamar, o eso dijeron. Lo cierto fue que desapareció cerca de Veracruz. Si se suicidó o no como algunos sugirieron, fue parte de la leyenda. Sólo dejó su anillo de bodas sobre el escaparate del camarote.

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