Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 6 horas
Por: Mauricio Rubio

La verdad añeja del M-19

En una entrevista cuando aún era precandidato a alcalde de Bogotá, Antonio Navarro anotó que “ser guerrillero no fue el camino, hoy sé que fue un error”.

Contó que tiene 70 años, le hizo un guiño a los militares y afirmó que no usa espejo retrovisor porque “el que mira atrás se convierte en estatua de sal”. En 2004, Juan Carlos Iragorri dialogó con un Navarro bastante más dispuesto a recordar su pasado guerrillero con muchos misterios gozosos y pocos dolorosos. Se entiende que ya septuagenario le haya hecho el quite a las remembranzas de guerra: se enredaría con las evasivas.

En mi entorno el envejecimiento se ha dado con mayor sinceridad tanto para decir sin agüero lo que se piensa como para enmendar mentiras pasadas. Fue una tía ya viejita quien contó que en la cédula de mi mamá faltaban años. Hay quienes hablan de crisis de identidad de la vejez atando cabos sueltos y tamizando incoherencias. Como no fue fácil encontrar referencias sobre esa dinámica, recurrí a unas amigas psicólogas. Una de ellas me contactó con un geriatra y así logré contrastar por varios lados mis observaciones e intuición.

“Con los años hay menos inhibición, y quizá por eso menos prevención a decir la verdad”. A mayor edad “uno se atreve a decir y hacer más lo que se le da la gana”. Ya no hay que aparentar, ni probarle nada a nadie. Los proyectos de vida están realizados, se tuvo familia y, gráfica síntesis, “ya no vale la pena meter la barriga”.

Entre las posibles explicaciones estaría el adelgazamiento del lóbulo frontal y prefrontal. “Se empiezan a decir imprudencias  y verdades ocultas porque el filtro se debilita”. Con el envejecimiento cerebral, “ocurren varios cambios, unos directamente relacionados con el manejo de emociones en el sistema límbico y la franqueza para decir las cosas de frente que maneja parte del lóbulo temporal y frontal, por lo tanto a personas mayores, al envejecer, les da menos temor expresar sus ideas o emociones”.

Como ñapa recibí un hermoso texto de la asturiana Ángeles Caso. "En este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mis amores y la gloriosa compañía de mis amigos. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila”.

Tener paz interior sería el nombre del juego en el ocaso de la vida. Tal vez por eso Antonio Navarro se refirió al texto bíblico sobre el peligro de mirar hacia atrás: temió hacerlo de manera incongruente con lo que ha contado antes. Solo la escueta realidad vivida aguanta repeticiones desprevenidas.

En “Alfaro Vive Carajo”, documental de Isabel Dávalos sobre la franquicia ecuatoriana del M-19, los entrevistados se arrepienten de sus salvajadas, pero también demistifican y ridiculizan las pretensiones de señoritos burgueses latinoamericanos armados para tomarse el poder. Sus mentores colombianos siguen creyéndose próceres y en medio de la plena vigencia del principio de que sin verdad no puede haber reconciliación reiteran un sinsentido: que con las armas buscaban la paz.

Tras uno de mis esporádicos escritos sobre el M-19, machacando que han contado su historia de manera incompleta y autocomplaciente, un comentarista anónimo dio información tan detallada sobre las relaciones del Eme con los servicios de inteligencia cubanos que es difícil no sospechar que se trata de un excombatiente que, como Navarro, debe rondar los 70, le pica lo que sabe y quiere divulgarlo, para redondear recuerdos y tranquilizar conciencia.

Aunque eso espero hace años, pienso que Navarro no contará la verdadera intención de la toma del Palacio de Justicia, ni detalles de la interferencia cubana en Latinoamérica que permitirían entender el actual boom de espionaje. Tampoco hablará mucho más de los estrechos vínculos con un sector castrense que ayudarían a superar la tirria de la izquierda radical contra los militares: el único guerrillero condecorado por ellos desaprovechó otra oportunidad para contar la verdad no solo por consideraciones otoñales, sino por simple cálculo electoral. Era demasiado ingenuo pretender que, a estas alturas, una condena genérica de la lucha armada le sumaría puntos en una encuesta. Su aporte definitivo y electoralmente rentable hubiera sido contribuir a desenredar el nudo gordiano de polarización y resentimiento políticos en cuya médula subyacen discrepancias profundas sobre el rol de las Fuerzas Armadas. Ojalá queden excombatientes del M-19 con aspiraciones políticas que así lo entiendan, o surjan conflictólogas rigurosas que no glorifiquen guerreros, como hicieron en su momento varias periodistas influyentes e insisten la hinchada y la prole del grupo. Ahora sí podrían liderar la reconciliación.

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