Por: Fernando Araújo Vélez

La verdad de las mentiras

Todas eran mentiras, y tal vez hubiera sido mejor dejarlas así, en mentiras, porque como mentiras nos ayudaban a sobrevivir, a soñar. Pero no.

Un día la conciencia dijo, gritó, acá estoy, y aquellos viejos y mágicos embustes se derrumbaron. Se derrumbaron dios, la otra vida, la eternidad, los santos, sus milagros, el creer que había magia y todo era posible. Cayeron sobre un piso de mármol y se hicieron añicos porque un libro nos abrió la puerta de la verdad, o porque un compañero en el colegio nos dijo que dios era un invento de los humanos para protegerse, para explicarse, para explotarse.

Se derrumbaron los juegos, que al jugarse eran el todo, fueron el todo cuando éramos niños, hasta que un día apareció algún tramposo y con sus trampas nos convenció de que no ganaba el mejor sino el más astuto, y el más astuto podía ser el tramposo, pero también el que organizaba el juego, o incluso el que perdía a propósito por unos cuantos pesos, pues para ellos no importaba ser el mejor. Importaba el triunfo y sólo el triunfo. Fue mentira que ganaba el mejor, sí, aunque yo hubiera querido seguir creyendo aquella mentira.

Se derrumbaron los amores, porque en lugar de sentimiento fueron carne, materia, interés. No fueron te quiero porque te quiero, sino te quiero porque me das. Y no hubo arcoíris sino grises, y peor aún, negros y blancos. Se derrumbaron los premios, las promociones, los ascensos, los nombramientos, porque todos fueron eso, nombramientos de alguien con un interés para señalar al premiado, para ungirlo. Se derrumbaron los presidentes, porque fueron presidentes comprando votos, comprando opiniones, comprando democracia. Se derrumbaron la verdad y la mentira, y las dos acabaron por parecerse, por mezclarse, por perder la dignidad de ser verdad o ser mentira. El dinero las compró y las reemplazó. Ya no se dijo más “yo tengo la verdad”. Se gritó “yo tengo el dinero”, y el dinero se convirtió en el bien supremo, en el único proyecto de vida posible. Tenerlo llevó a su atesoramiento, y luego a la especulación, y más tarde a corromper y ser corrompido. Muerto de hambre, pobretón, no te alcanza ni para el mínimo, fueron entonces los mayores insultos.

Bajo su soberanía había que disfrazar las mentiras, los crímenes, la vileza que surgían de tanto poder. Entonces aparecieron los expertos en maquillar, los que desde una oficina elaboraban comunicados para disfrazar lo que en realidad ocurría. Los que desde esas mismas oficinas presionaban o extorsionaban para que se dijera lo que a ellos y a quienes los contrataban les convenía. Y así fue que la verdad se convirtió en mentira, en mentira dañina, asesina, no en aquellas mentiras de infancia. No en aquellas que nos hacían soñar.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez

Ingenuos y obedientes repetidores

Mi voz es mi decir

Un amor de revolución

Robótico, demasiado robótico

Enamorarme en ocho segundos