Por: María Antonieta Solórzano

La verdad es hija de la libertad

Desde que nacemos queremos ser libres para expresar lo que sentimos y creemos, para ser lo que somos. También deseamos la sabiduría que nos permita crear bienestar y prosperidad  para todos y cada uno de nosotros. Pero al observar nuestra realidad social, sorprende ver la frecuencia con la que las ideologías nos llevan a perder la independencia y la conciencia. La pregunta obvia es: ¿cómo hemos llegado a vivir tan lejos de nuestros verdaderos anhelos?

Ya desde niños nos dimos cuenta de que al intentar hacer cosas por nuestra propia cuenta, oíamos una sentencia del mundo adulto: ¿Quién les dijo que hicieran eso; acaso se mandan solos? Más adelante, en el colegio, cuando pretendíamos inventar o crear propuestas, las voces de los maestros nos dejaban claro qué debíamos hacer y qué no;  lo que debíamos pensar y lo que no; lo que estaba bien o mal visto. Bastaba que nos alejáramos de las expectativas institucionales para ser tratados como seres obstinados, rebeldes sin causa, etc. Y, en la vida adulta, mirar críticamente las costumbres sociales o atreverse a ser distinto, es usualmente señalado como amenazante y no como un aporte constructivo.   

Más paradójico aún es notar que se nos educa para que en simultáneo admiremos como héroes o seres míticos a aquellos artistas o pensadores que con sus acciones e ideas cambiaron la historia del conocimiento o del arte, a los próceres de la Independencia que se aventuraron a luchar para que pudiéramos ser una república con un gobierno democrático o a aquellas mujeres sufragistas que comenzaron a reivindicar la posición social de la mujer y a conquistar para ellas los derechos que cualquier ser nacido en un estado democrático tiene.

Y, curiosamente, a creer que para nosotros, los que no somos seres míticos o genios, la libertad es una experiencia que se circunscribe a elegir la marca de los objetos que consumimos o las escuelas en las que hacemos una especialización, pero que de ninguna manera pasa por examinar si el mundo en que vivimos es lo que queremos y menos si podemos crear una realidad diferente.

Trascender estas contradicciones y descubrir los velos que nos nublan la mirada es imperativo para  hacer el camino hacia la libertad, interna o externa.

Un hombre casado de mediana edad que se describía así mismo como una persona feliz, autónomo y realizado profesionalmente, se vio envuelto en un romance maravilloso con una mujer casada. Se sentía muy sorprendido, pues consideraba que su esposa era prácticamente inmejorable. Para él no existía ningún motivo que le explicara lo que estaba viviendo.

Pero sobre todo se sentía incapaz de hablar con sinceridad con su cónyuge. Estaba seguro de que eso sería el final de la relación y no se imaginaba terminar su vida solo y sin las comodidades que su matrimonio le brindaba. Dadas las circunstancias, pensaba que únicamente tendría sentido irse de la casa si la enamorada le aseguraba un nuevo matrimonio.

Al preguntarle si alguna vez se había sentido libre, se extrañó. Me considero un hombre libre, me contestó: Yo siempre he sido responsable y he hecho todo lo que me corresponde. Insistí: ¿cómo has elegido la vida que tienes?  Notó que en verdad no había elegido y dijo: las cosas se me han dado y me ha ido bien.

Al parecer, esta era la primera vez que él se encontraba frente a una encrucijada. Nunca se había salido de la “zona de comodidad”, ignoraba si la carrera y manera de pensar eran el resultado de una reflexión consciente o las había tomado del deber ser social. En síntesis, antes de resolver su situación exterior –la infidelidad– tendría que asumir la responsabilidad de lo que sentía y pensaba acerca de la vida.

No podemos vivir cerca de nuestros anhelos –la libertad y la sabiduría– mientras el miedo al dolor o a la desaprobación nublen nuestra mirada acerca de las consecuencias de aceptar, sin dudar, las ideologías en las que hemos sido educados y la ignorancia acerca de la naturaleza auténtica de nuestro ser que nos permita conformarnos en lugar de crearnos permanentemente. Recordemos que la verdad es hija de la libertad y la libertad sólo se construye a partir de la verdad.

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