Por: Alvaro Forero Tascón

La verdadera locomotora

La locomotora del Gobierno que mejor funciona es la de la política. Sin embargo, algunos la consideran mera habilidad del maquinista; otros, espuria por usar el clientelismo como combustible; a otros les parece que su velocidad se debe a que la carga que lleva es "light" en términos de cambio.

Pero en términos históricos, poco afecta más los resultados de una sociedad que la capacidad de la locomotora política de un gobierno de avanzar, de producir reformas, así unos quisieran que la carrilera tuviera un rumbo más hacia la derecha o más hacia la izquierda. Mientras en Estados Unidos se dice que el sistema político está roto, incapaz de pasar reformas a problemas agobiantes, en Colombia están pasando como flechas por el Congreso algunas de indiscutible trascendencia. En Estados Unidos hay un gobierno dividido entre Ejecutivo y Legislativo, y por ende paralizado, mientras que en Colombia las dos ramas están produciendo resultados.

Lo anterior es paradójico, porque el sistema norteamericano tiene los elementos que se consideran deseables para una democracia: partidos políticos fuertes que representan diferencias ideológicas, lo que tiende a producir decisiones de centro; austeridad fiscal y moderación en lo internacional y lo militar, así como una verdadera oposición que hace control político. Por el contrario, el sistema colombiano sufre de graves deficiencias: debilidad de los partidos políticos, corrupción galopante, clientelismo endémico, falta de oposición eficaz.

Pero si el sistema colombiano se pareciera al estadounidense, la extrema derecha colombiana tendría la capacidad de veto del Tea Party norteamericano, y leyes como la de reparación de las víctimas y la restitución de tierras, o la de redistribución de regalías, no habrían podido pasar por el Congreso. Y, al contrario, los contrapesos admirables de la Constitución de Estados Unidos no sirvieron para evitar que George W. Bush doblegara la autoridad del Congreso para embarcar a su país en una guerra sin justificación estratégica.

La tensión entre la necesidad de resultados que le permitan a una sociedad atacar sus problemas en el corto plazo y la de respetar principios que preserven la democracia en el largo plazo, es quizás la más delicada de toda sociedad. No hay recetas perfectas, y el grado en que se debe aplicar una u otra depende de la combinación de la gravedad de la coyuntura y la disciplina institucional de cada país en cada momento.

El “eficientismo” de los sistemas políticos es propio de países que necesitan apagar incendios permanentemente, como Colombia, y tiene riesgos enormes. No sólo los evidentes de corrupción, sino los de extralimitación de poder, como se evidenció con el ensayo caudillista reciente que casi desemboca en autoritarismo.

El verdadero combustible de la locomotora política del Gobierno es la Unidad Nacional, que vista con justicia es más que un pacto burocrático, pues representa un acuerdo para gobernar desde el centro, respetando la Constitución. Para que perdure y produzca frutos estables como la Concertación chilena, requiere no sólo de ponderación presidencial, sino de mecanismos efectivos como un estatuto de la oposición y reformas para democratizar el sistema de reelección presidencial.

 

 

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