Por: María Elvira Bonilla

La vergüenza de los militares

Los militares en retiro, los únicos que pueden hablar y opinar reaparecieron en los micrófonos para opinar sobre el cambio del ministro de Defensa. Nada nuevo.

Su respuesta a las críticas que por falencias operacionales empiezan a multiplicarse, es bien conocida: la guerra jurídica contra las acciones militares. Que ella desmoraliza a la tropa al colocarlos sistemáticamente como sospechosos de violar los derechos humanos, que termina maniatándolos. El ex general Hector Fabio Velasco, presidente del cuerpo de generales en retiro, se explaya en quejas por el exceso de normas, la proliferación de organizaciones no gubernamentales defensoras de derechos humanos que según él, terminan por camuflar a la guerrilla, en fin, de los compromisos que Colombia debe cumplir por hacer parte del orden internacional. La conclusión de la queja es clara: les molesta la guerra ceñida a reglas de juego. La guerra limpia.

Lo anterior se entiende mejor, al conocer la confesión del ex coronel Luis Fernando Borja que paga una condena de 40 años por haber participado en 57 casos de falsos positivos en el 2007, como resultado de aplicar la política de la seguridad democrática a todo vapor, sobre la base del macabro conteo de cadáveres, supuestas muertes en combate como condición para demostrar el cumplimiento del deber militar, las muertes impuestas por sus superiores. Esa es el tipo de guerra que justifican algunos militares en Colombia. Escandaloso y criminal.

No he leído un relato que describa mejor los execrables falsos positivos, construido a partir de la confesión del coronel Borja, que el publicado por el periodista sincelejano Alfonso Hamburger en la revista digital www.kienyke.com. Historia que se repitió en muchos parajes alejados del campo colombiano. Hamburger hizo la tarea completa. Se sumergió en el expediente que reposa en el Juzgado Especializado de Sincelejo, situado en el sexto piso del Palacio de Justicia, y devoró el mamotreto que registra las declaraciones de Borja, verdadera película de terror llena de alias y de jerga, de escenas macabras. La sentencia de la justicia es un documento desgarrador sobre los casos en los que Borja asegura haber participado, movido, según él, por el miedo de no cumplir con la obligación de producir resultados y que coordinó con subalternos suyos, cuyos nombres aparecen en la declaración. Crímenes perfectos para simular éxitos en combate. Eran “positivos” como llaman en el argot militar, que les permitieron lograr ascensos, traslados y condecoraciones. Práctica que hizo carrera, sin cuestionamiento, hasta el año 2008 cuando se empezaron a descubrir y a judicializar como los “falsos positivos”, uno de los capítulos más horrendos del conflicto colombiano y que lo único que debería producir es vergüenza entre los propios militares.

Adendum.
Mal estreno el de Simón Gaviria como presidente de la Cámara de Representantes. A punta de venias y complacientes “su señorìa”, con una metodología a lo juppie plagada de ironía y prepotencia, castró la posibilidad de desarrollar un buen debate sobre restitución de tierras. No siempre el vigor y la vanidad juvenil son los mejores aliados, a veces las canas lucen y la experiencia que no se improvisa, pesa para bien.

 

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