Por: María Elvira Samper

La vergüenza de perder la vergüenza

"En este país se perdió la vergüenza", dice el padre Vicente de Roux, provincial de los jesuitas (El Espectador, agosto 24).

Vergüenza que es “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionado por alguna falla cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”, y que es también “acción que, por indecorosa, cuesta repugnancia ejecutar, o deja en mala opinión al que la ejecuta” (DRAE).

La vergüenza se perdió en este país que crece en lo económico, pero decrece en lo ético, donde lo que importa es el máximo beneficio personal y la idea de que la riqueza debe ser ganada con esfuerzo y administrada con honradez y sobriedad ha sido suplantada por la del enriquecimiento fácil y la ostentación, donde la permisividad y la indiferencia de las mayorías, y la impunidad o la justicia lenta se han convertido en coartada para ilegales y corruptos. La ausencia de vergüenza es la marca registrada de quienes hacen de la política una profesión para acumular plata y poder, para hacer de la función pública un negocio privado y del erario un botín, para el tráfico de influencias y dispensar favores a familiares, amigos y contratistas; la marca de quienes prohijaron o fraguaron alianzas con paramilitares para “refundar la patria”; de los que se han prestado para despojar a campesinos de sus tierras; de los uniformados que cayeron en la macabra trampa del body county cobraron las vidas de inocentes a cambio de prebendas o se han vendido al crimen organizado; de quienes han asesorado a los ‘paras’ desde dentro y fuera del Estado; de los que se han adueñado de los recursos de la salud; de los que han desviado y desvían las regalías hacia sus bolsillos y los bolsillos de sus cómplices.

De vergüenza carecen los que se montaron en el carrusel de la contratación para robar al Estado; los procesados que pagan buenos abogados para que dilaten sus procesos; los que fungen de víctimas sin serlo; los que han usado o usan los subsidios estatales para comprar lealtades y votos o beneficiar a quienes no los necesitan a cambio de futuros apoyos. Vergüenza les falta a los que promueven el voto en blanco para sacar tajada de una ley que les garantiza la reposición de gastos; a quienes inscriben candidaturas con firmas tras ser rechazados por los partidos o las sustentan con apoyos mafiosos; a quienes, como la pareja presidencial de Guatemala, simulan divorcios para hacerles el quite a las inhabilidades, o estando inhabilitados insisten en sus aspiraciones; a los parapolíticos que desde las cárceles manejan la política de sus regiones.

Vergüenza les falta a los representantes de la justicia que negocian fallos; a los jueces que conceden detenciones domiciliares a peligrosos delincuentes; a los funcionarios, empresarios, ejecutivos y corruptos de cuello blanco que sin pudor niegan sus delitos y mienten ante los tribunales y los medios de comunicación; a los que hacen de la trampa, la falsedad, el cohecho, la concusión y el peculado su modus operandi; a los que consideran que el fin justifica los medios y a los que por haberse habituado a transitar por los atajos y saberse impunes, perdieron la dignidad. De vergüenza, en fin, quienes piensan, como el controvertido asesor político J. J. Rendón, que “eso de la ética es para los filósofos”.

Porque este país perdió la vergüenza y el pudor que imponen límites e impiden caer en la tentación de la ilegalidad, es que estamos como estamos, sumidos en una profunda crisis de valores. Nuestra mayor vergüenza es haber perdido la vergüenza.

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