Por: María Teresa Ronderos

La vergüenza nacional

"ESTE PAÍS ES INVIABLE", ESCUCHÉ que un señor le decía a su amigo, mientras hacíamos fila. Comentaban las últimas noticias.

El ‘tsuSami’ de la calle 26 en Bogotá; la cola de congresistas para entrar a La Picota, ya no sólo por los delitos pasados de complicidad con el paramilitarismo, sino también por los actuales, de peculado y tráfico de influencias; y el cinismo de los gobiernos que por una década omitieron ver las irregularidades de Saludcoop.

Pensé que a ese diagnóstico le faltaba mundo. En otros países las obras públicas avanzan a un paso aún más lento (y nosotros hemos tenido definitivamente mejores momentos de desempeño en esta materia); otros Estados tienen la misma o peor corrupción, pero nadie es suspendido de sus funciones ni termina en la cárcel. Y la metida en cintura a las grandes y lucrativas empresas privadas en aras de proteger la salud pública ha sido un duro desafío aún para el potente Obama.

Comparto con el señor de la fila, sin embargo, cierta frustración. Hay algo que definitivamente nos tiene hace demasiados años como esos carros que se quedan patinando en el fango, y entre más uno acelera, más se hunde. Dos rankings mundiales recientemente divulgados me iluminaron.

Uno, que publicó The Economist hace una quincena, señala que Colombia es el país más desigual del continente con índice de 58,5, incluso por encima de Brasil (53,9) que solía ser el campeón mundial de las distancias sociales. El 20 por ciento más rico de la población colombiana tiene ingresos 25 veces mayores que los del 20 por ciento más pobre. Semejante brecha, superior a la de los dictatoriales países asiáticos, es escandalosa y no hay comparación que nos consuele.

En otra lista que sacó esta semana el Instituto para la Economía y la Paz, el Índice de Paz Global, con el que evalúa a 153 países con 23 indicadores para medir los grados de conflicto interno y de militarización, Colombia quedó en el puesto 139, entre los más bajos del planeta sólo superado por unas pocas naciones entre las que figuran Afganistán, Irak y Sudán.

Los rankings simplifican realidades y esconden matices, pero para países tan ensimismados como Colombia tienen la ventaja de que nos permiten vernos en el espejo del mundo. Y al mirarnos, lo que apreciamos allí es un desarrollo deforme, boyante y exitoso en unos aspectos y, en otros,  escaso y atrofiado.

Por eso más que autodecretarnos inviables, deberíamos preguntarnos qué hacer para conseguir un progreso más equilibrado. La paz ya ha sido una obsesión nacional. Hasta el cansancio la hemos buscado con mano dura y blanda; con diálogos y balas; con seguridad democrática y la que no lo es tanto; con constitución nueva y con represión vieja. Hemos mejorado por ratos, pero la violencia sigue ahí enquistada, el odio reciclado en los corazones de cada nueva generación apenas sale de la adolescencia o incluso antes.

La que sí no ha sido un propósito colectivo explícito en el último cuarto de siglo es la igualdad. La desigualdad es la ignominia nacional; estamos entre los parias de la tierra en esta materia. Debería ser el tema de todas las campañas políticas, el objetivo principal  de empresas y de gobierno. La recién aprobada Ley de Víctimas, que contiene una semilla de redistribución de la tierra, nos da esperanzas sobre lo que podrá hacer este gobierno ante esta vergüenza. Pero a juzgar por el maltrato de Santos a la educación, llave de cualquier intento de equidad social,  nos hace pensar que, en realidad, ese asunto de la igualdad, a este gobierno le importa un bledo.

 

 

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