La vida a cuadritos

Noticias destacadas de Opinión

Los gobernantes se juzgan no solo por lo que hacen sino también por lo que dicen. Algo expresado por un gobernante pesa más en la opinión pública que lo dicho por cualquier ciudadano, es el peso simbólico del poder.

Las declaraciones de la alcaldesa Claudia López de que “los venezolanos nos están haciendo la vida a cuadritos” en materia de inseguridad no solo no corresponden con la realidad de las cifras en la capital, sino que constituyen una opinión desafortunada que puede considerarse discriminatoria.

No se delinque en función de la nacionalidad, o de la etnia o género al que se pertenece. Sugerirlo siquiera es equivocado e injusto y contribuye a alimentar imaginarios que pueden terminar en patrones de xenofobia y discriminación, como ha pasado con el hecho de ser colombianos en muchas partes del mundo, estigma que injustamente tienen que llevar miles de compatriotas por culpa de algunos casos. López, quien ha sufrido en carne propia la discriminación por género y orientación sexual, lo debería saber mejor que nadie.

Hizo sus declaraciones en un contexto particular de cierta frustración por el deterioro de las cifras de seguridad, y luego del homicidio de un usuario de Transmilenio en uno de los articulados, hecho que denota no tanto el problema de criminalidad de la ciudad, como el declive de ese sistema de transporte como un espacio seguro y confiable.

Se ha dicho que la alcaldesa es temperamental y reacciona de manera exagerada a situaciones, pero en el caso de sus declaraciones respecto de los venezolanos parece haber un cierto patrón de malestar, de incomodidad, que tendrá que revisar para ser coherente con el mensaje de una Bogotá cuidadora e incluyente. No es la primera vez que se pronuncia en términos inapropiados sobre los inmigrantes venezolanos.

Bogotá es nuestra ciudad cosmopolita, la que recibe personas de todos los lugares de Colombia y del mundo, especialmente a los más vulnerables que encuentran en la capital un espacio para el trabajo o la solidaridad callejera. Un gobierno distrital debe dar ejemplo de ello, no solo con servicios sociales que no discriminen —que ya existen—, sino también absteniéndose sus funcionarios de hacer declaraciones que dejen espacio para alentar la xenofobia que, en situaciones como las que se viven con ocasión de la pandemia, está a flor de piel. Gobernar es también construir sociedad.

***

El triunfo de Joe Biden implica la oportunidad de restaurar la normalidad institucional en los Estados Unidos, alterada por la presencia de un demagogo que supo interpretar el cansancio de muchos sectores sociales con el establecimiento político, y que probablemente hubiera sido reelegido de no haberse encontrado con la pandemia del COVID-19. Su indolencia y falta de gestión de la crisis terminaron pasándole factura, pero el Partido Demócrata tendrá que tomarse en serio que más de 72 millones de estadounidenses apoyaron este tipo de liderazgo nacionalista, demagógico y nocivo. El declive americano del que hablan George Packer en El desmoronamiento y Arlie R. Hochschild en Extraños en su propia tierra trasciende una coyuntura electoral y la alternancia en el poder para unos partidos que le han venido perdiendo el pulso a la nación del norte.

Para Colombia, esto supone un nuevo escenario donde el apoyo al Acuerdo de Paz y mayor compromiso del Estado con los derechos humanos y la protección a líderes sociales volverán a la agenda de diálogo, como es habitual cuando gobiernan los demócratas. Seguramente también disminuirá la presión para reanudar la fumigación de cultivos ilícitos, pero todo ello deberá empezar por restablecer el clima de confianza que el actual embajador Francisco Santos se encargó de deteriorar, al abandonar la tradicional neutralidad de Colombia en asuntos internos de los Estados Unidos, para tratar de impulsar una agenda política partidista e inconveniente.

@cuervoji

Comparte en redes: